Naturaleza

BUENA DIGESTIÓN. Nos hemos olvidado del entorno y sí la Tierra se desangra, también acabará el hombre que somos

13 oct 2019 / 11:50 H.

Hace unos días desayunaba un buen plato de granada desmenuzada, una raja de melón, tostada montada de jamón york y café con leche. En tiempo de ventanas abiertas como en el que nos deslizamos, se cuela a menudo la voz de la radio vecina. La Ser se hacía eco del enésimo tropiezo global ante el cambio climático: USA, China, India, las grandes contaminadoras del mundo, no se suman a los objetivos de limpieza que apoyan más de 70 países, así que va ser imposible conseguir enfriar la Tierra con las consecuencias brutales que ello trae.

Las palabras de Pedro Blanco me llevaron, no obstante, al recuerdo feliz de un artículo del novelista vallisoletano Gustavo Martín Garzo publicado hace unos meses en “El País” y que tituló “La Vida de las Criaturas”. Lo busqué rápido en el teléfono y releí: “... Somos hijos de la naturaleza y alejarnos de ella es una de las tragedias del hombre actual, y la razón porque la gente vacila y no sabe que hacer”. Son palabras tan rotundas y ciertas como el pan candeal que estoy comiendo. Pero aquí nos mantienen enredados en una gran mentira: que el cambio climático es un cuento ideado por la izquierda fracasada que se disfraza de ecologista. Difamación muy parecida a la que se lanza contra ese movimiento tan robusto de las mujeres por su igualdad con los hombres; ideología de género le llaman y a ellas, feminazis.

En este mundo en el que todos dudamos demasiado, estos dos movimientos mundiales (junto a la nueva revolución tecnológica que nos lleva en alfombras voladoras) son lo único real y, por tanto, lo que más se combate. Porque se ataca con más saña a la evidencia para desvirtuarla y aplastarla con la inundación de supersticiones y mentiras. En estas estamos hace años, cronificando la situación y padeciendo una cerrazón que más bien se parece a la locura creacionista. Bastante más de siglo y medio después de la demostración de Darwin, aún perseveran perorando sobre su dios creador de Adán y Eva y la fruta del mal como principio de todos los sufrimientos del hombre para la eternidad.

Claro que el Génesis es un cuento, precioso eso sí, que nos muestra al mundo entero como una creación continua y no acabada, y que dependerá de nosotros, los hombres, si continúa o no y de qué forma. Más allá de la batalla de felones del poder eterno, el hombre de nuestro tiempo se olvida de que el mismo es una criatura, un inocente que confunde sus habilidades para mantenerse de pie en la vida, con las facultades de un creador de mundos superiores a la naturaleza olvidándose de ella y de su cándida condición de criatura.

De esta manera, nos hemos separado de las dehesas y los animales; olvidado del olor de la tierra y desconocemos el sentido de las estaciones del año. Observamos la naturaleza como si fuera un decorado, un parque temático por el que paseamos, y la vida del agricultor o el ganadero se nos antoja como la más fatigosa y pesada de todas. Un horror. Nos hemos olvidado de la naturaleza, en definitiva. ¿Y quién sobrevivirá a este abandono? Nadie. En primera instancia, todo se convertirá en alimañas; abandono definitivo, luego y, finalmente, destrucción. Porque la Tierra sin que el hombre viva con ella, sin cuidados y labores, termina muriendo; se convierte en un bosque destinado al incendio; tesoro de codicias y, al cabo, en muladar o vertedero.

Así que bienvenido sea ese clamor que concreta en sus palabras la figura enorme de la niña Greta Thunberg; bienvenido sea el furor por las fibras naturales que sustituyen al plástico; bienvenida la ganadería extensiva, la agricultura ecológica, el grito de la España vacía, del mundo desnudo y acosado. Porque incluso en el caso extremo de que el hombre pudiera vivir en macro ciudades artificiales y alimentarse a través de granjas ciclópeas y químicas, esa ya no sería la criatura que somos, sería otro hombre, el biónico, el hombre máquina; ese híbrido ignoto que tanto entusiasmo levanta ya en determinados laboratorios ocultos incluso para la imaginación de la ciencia ficción. Si la Tierra se desangra totalmente, también acabará el hombre que ahora somos.