Elogio de “El perejil”

31 ago 2019 / 11:39 H.

Estaba a la altura del personaje público que había creado y no defraudaba a su variada parroquia. Hay quienes pasan por la vida errantes por un valle de lágrimas, lastrados por una pesada carga, sea esta real o, simplemente, una estudiada pose como si fuera un atributo más para cobrarse importancia, ya sea en la cosa pública o en la cola de la panadería. Alfonso Sánchez Herrera, el que fuera alcalde de Jaén, entre 1989-1991 y 1995-1999; sin embargo, iba rumboso por sus calles, no era un político de traje gris y contubernios de palacio, su sueldo se lo ganaba en las esquinas, con el contacto directo de los jiennenses. Como alegre juglar, a medio camino entre la corte y el pueblo soberano. A él acudían cuando ejercía como regidor y también cuando paseaba ya como soldado raso, aunque retirado con honores. Mediaba siempre que la ocasión lo merecía, ya fuera por un proyecto de campanillas o por las cuitas de un vecino con la administración. Dio una dimensión pagana y feliz a aquella sentencia del todopoderoso y enojado Manuel Fraga: “La calle es mía”. Despacho abierto el suyo, un “papa móvil” sin cristales, que obligaba a continuas paradas para un saludo, abrazo, lisonja o afable tirón de orejas que también prodigaba, siempre con la socarronería como mejor baza argumental. Ese sí que fue un gran fichaje de Gabino Puche, su mentor en política, y no lo de Neymar de este verano.

Porque este alcalde tenía un carisma en estado puro, algo ajeno a los manuales y argumentarios de partido. Esa filosofía vital aplicada a la cosa pública levantó suspicacias hasta entre sus propios correligionarios de partido. En más de una ocasión recurrió para explicar los vericuetos de la política local y de su partido al aforismo, versión patria, de Pío Cabanillas: “Al suelo, que vienen los nuestros”. Intento fallido de quienes pretendieron con un mote afearle ese instinto natural por estar cercano a los jiennenses en cualquier acto, fiesta o ágape al que se le invitara. “El perejil” de todas las salsas, hizo buenas las cualidades de la planta herbácea para trasladarlas a un político: condimento popular, de “carácter” mediterráneo y producción humilde. Como gran amante de la buena mesa que era sabía que el perejil equilibra el fuerte sabor del ajo (política). En torno a ella encontró también un espacio donde discutir sobre política y acciones de gobierno, pero en el tono cercano y distendido que ofrece una buena sobremesa.

Pregonaba el buen nombre de Jaén entre paisanos y visitantes y, a modo de despedida, te colocaba un pin con el escudo de la ciudad con el que incorporarte a su causa. Estaba por encima de esa epidemia de lo políticamente correcto y lo demostraba con cualquier chascarrillo o chiste que solo él podía contar en determinados momentos. En su afán por desdramatizar la función pública establecía paralelismos entre familia y política: “Los niños te hacen sufrir berrinches, pero con un beso suyo todo se olvida. Algo similar ocurre con los problemas de los ciudadanos, cuando puedes solventarlos la satisfacción es única”. Sánchez Herrera ya estaba en la historia de esta capital porque así lo quisieron los vecinos que quizá vieran en él una proyección del propio carácter jiennense. Cuando Cristina Nestares le propuso para dar nombre a una calle para recordar su paso por la alcaldía, aquello le sonó a esquela mortuoria y quedó colmada su ambición de trascender al inaugurar el recinto ferial con su nombre: “Así me aseguro que aquí no pondrán un tanatorio”. Y es que la “Poética” de Aristóteles tiene tragedia, fábulas y la necesaria comedia para hacer más llevadero cualquier aprendizaje. Como en el cuento de “El árabe y la muerte” de “Las mil y una noche”, nadie escapa a la cita que esta tiene para cada cual, ya sea en Jaén o en la lejana Samara. Aunque de habérsela encontrado en el mercado, como el preocupado Abdul, Alfonso se hubiera tomado unos chatos de vino con ella para preguntarle, entre chistes: “Gachona, ¿y tú qué prisa tienes?