Actualizado
miércoles, 19 septiembre 2018
09:51
h
URGENTE

“Las mujeres tienen que pelear por la igualdad y nunca rendirse. Defender mis ideas me costó mucho, pero no me arrepiento”

PREMIO A LA MEMORIA
Ver comentarios
|
14/02/2018

Ana Molina Gil es historia viva de España. Hace unos meses, el senador socialista Ander Gil defendía la aplicación del Artículo 155 en la crisis de Cataluña en la Cámara Alta. Lo hacía con un argumento en el que ensalzaba la capacidad de los pueblos y las personas de vivir en una sociedad en paz y sin rencor. Como ejemplo tomó a Ana Molina Gil, una linarense nacida en Mogón hace casi 98 años —su cumpleaños es el 1 de marzo—. Vive en una humilde casa en las puertas del obrero barrio de Arrayanes de Linares. Su relato debería ser asignatura obligada en cualquier universidad cuando enseñe la historia de España. Es la viva imagen de la represión franquista más dura y un símbolo de la memoria histórica. En la República, se interesó por la política y militó en las Juventudes Socialistas Unificadas.

Fue la secretaria provincial de la Unión de Muchachas y ejerció la acción en la sede de esta fuerza política, que estaba en lo que hoy es la Plaza de la Constitución. Cuando estalla la Guerra, marchó a Valencia a estudiar con Manuel Tuñón de Lara. Trabajó en algunas cooperativas para abastecer a los soldados, incluso fue al frente en Valencia para arengar a las tropas: “Les pedía que resistieran y que lucharan. No nos podían vencer”, explica. En cambio, a uno de sus amigos lo detuvieron y le requisaron una cartas que mantenía con ella. Eso hace que sea detenida y que le hicieran un consejo de guerra. Pasó 10 meses en la cárcel de Sevilla. Cuando salió, se casó con su marido, Raimundo Cerezuela, que fue encarcelado a los 8 días del matrimonio. El 30 de junio de 1939, su padre es fusilado en la tapia del cementerio de Linares. Unos días después, su madre muere ante la crisis que le generó.

Ana Molina Gil no tiene hijos. La represión no le dejó ser madre. Su marido fue condenado a muerte, pero, al final, se benefició de la amnistía, que no le libró de más de 20 años de prisión. “Iba a verlo una vez al año al penal de Burgos. Me llevaba aceite de Jaén y allí lo vendía para dejarle algo de dinero”, cuenta. Mientras, ella vivió en Linares perseguida y de la ayuda de colectivos, como el Socorro Rojo. “Cada vez que me enviaban un paquete, tenía que ir a presentarme al cuartel”. Recibía alimentos y enseres que vendía para salir hacia adelante. Pese a que dejó la escuela con 15 años, Ana Molina es un ejemplo de cultura. Lee, recita poesías. Guarda como un tesoro cartas de compañeros que se despedían de ella antes de ser fusilados y unas cuantas pesetas que le dejaron sus padres. “Vino la Policía a decirme que tenía que entregar todo el dinero cuando mataron a mi padre. No lo hice. No me dio la gana”. Cuenta que le hicieron todo eso por ser de izquierdas. Solo por pensar de otra manera. Lo que más sorprende es que su relato está lleno de ternura. No tiene rencor. Cuando se le pregunta si, después de todo, volvería a ser comunista, es rotunda: “Claro que sí. Eso no se puede remediar”.