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URGENTE

“Todo esto es lo que me da fuerzas para seguir luchando”

María Ramírez
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22/07/2018
La gerente de Casa Juande, María del Mar Ramírez, heredó el local y, aunque trabaja en un mundo que se considera de hombres, con su gran esfuerzo y la ayuda de todos se convertió en una mujer clave en el Mercado de Mayoristas

Una mujer, en un “mundo de hombres”. María del Mar Ramírez García, gerente de Casa Juande, pensó, en un principio, no podría cumplir el sueño de su padre, continuar con su cantina frente al Mercado de Mayoristas de Jaén. Sin embargo, con valor y la ayuda de sus compañeros, Carmelo y Antonio, esta labor se convirtió en pura satisfacción y, ahora, nadie concibe este mercado sin la presencia de esta mujer tan luchadora tras la barra.

—Su trabajo es muy diferente, ¿cómo se adaptó a trabajar de tres de la mañana a las dos de la tarde?

—Sí, es diferente. Me costó mucho trabajo adaptarme. Esto lo llevaba mi padre, pero él murió de un infarto. Entonces, por circunstancias familiares, mi hermano no se quiso quedar con el bar, así que me lo quedé yo con tal de que no se cerraran 35 años que llevaba él de lucha día y noche. Al principio, me costó mucho trabajo porque este mundo es muy de hombres y chocaba un poco ver a una mujer de madrugada detrás de una barra. Yo no sabía lo que era ni un sol y sombra, un americano... no sabía absolutamente nada. Pero los niños que siempre estuvieron con mi padre me enseñaron. Al principio, la gente sentía algo de recelo, pero luego fue todo muy bien. Aquí las madrugadas son muy largas y muy duras.

—¿Hay muchas historias que se oculten a los pies de esta barra?

—Esto es como un confesionario. Aquí viene mucha gente trabajadora del mercado, de policías que están de noche, repartidores de pan, ambulancias... Ha pasado de todo, no te puedes hacer una idea. Porque de noche lo único que hay abierto es Casa Juande, porque al tanatorio casi nadie quiere ir de copas. Historias de gente que se ha salido del hospital, de estar ingresado, y ha venido a pedir una copa con el pijama del médico. Un matrimonio, que parecía normal, que venía a comprar marisco en diciembre y se liaron a puñetazos con la mujer. Me dijeron que era inspector de Policía y me tiraron un vaso, me amenazaron... Gente que venía borracha y se ponía a torear a los que había en el bar y a decirles “sois todos unos cornudos”. Otros que se han muerto, que mientras se les servía el desayuno dijeron que les dolía la cabeza y, al levantarse, se cayeron y murieron. Hubo, además, una cosa que me impactó mucho. Ahora lo veo como algo gracioso, pero antes no. Una señora vino, una noche, muy bien trajeada. Nosotros pensamos que estaba de vela en el tanatorio. Nos pidió una copa para beber, lo que nos resultó raro, porque los que están en el tanatorio normalmente salen para despejarse a tomarse un café. Así que se sentó en una silla y se tomó un cuba libre. Por lo visto, era esquizofrénica o tenía una enfermedad. Al final, la mujer se hizo de cuerpo y se encerró en el servicio, de donde la tuvo que sacar la Policía. Además, me han amenazado con una navaja incluso estando la Guardia Civil aquí. Fue muy fuerte, lo mala que es la noche. Parecía un hombre normal y corriente, dijo que iba a Cádiz, que estaba esperando a que saliera el tren (aunque estaba aquí a las cuatro de la mañana), pero se le cruzaron todos sus cables y, de repente, me dijo que me iba a cortar el cuello, pero delante de dieciséis Guardia Civiles que había en la barra. Le sacaron para afuera... —se ríe—. Pero, en general, aquí viene gente trabajadora con la que estamos muy bien.

—¿Cómo es la relación con esas personas que vienen a Casa Juande?

—Se establece un vínculo muy fuerte con la gente, de hecho, hay muchos que los consideras como de tu familia. Hay otros que, a lo mejor, el día que no viene alguien (porque esto es casi rutinario) me preguntan.

— A pesar de lo duro que es, estar aquí con estas personas lo compensa todo, ¿verdad?

—Sí. Hay ratos en los que dices “no soporto haberme metido en este berenjenal”, pero luego, la mayoría de las horas, te das cuenta de lo bonito que es. Aunque en este trabajo estés todo el rato corriendo, es muy bonito que alguien venga y te diga que quiere contarte una cosa fuera de la barra y que, en confianza, te diga que tiene cáncer, que lo voy a ver sin pelo. Me dijo que quería que ser quien me lo dijera personalmente. Ahí es donde te das cuenta de que se crea un vínculo. Son cosas muy personales a pesar de que este sitio es solo de paso, que tardan poco en irse. Normalmente, todos mis clientes trabajan de lunes a viernes en el polígono, pero los sábados también nos han hecho partícipes de sus vidas bajando a sus familias al bar y presentándonos a sus parejas y sus hijos. Yo he visto a niños nacer, hacer la comunión, he ido hasta a bodas de gente que viene aquí... Es gratificante. Aunque, para llegar hasta aquí, he tenido que pasar por un camino muy duro. Todo esto es lo que más me llena, es lo que me da fuerzas para seguir luchando. Quizás, económicamente no te hace falta y piensas que no tienes necesidad de pasar catorce horas (con suerte de que no se me averíe una máquina).

—Y en invierno, ¿se hace cuesta arriba por el clima?

—Hemos echado unos inviernos horrorosos. Me acuerdo de que Carmelo siempre estaba pendiente mía, de que nadie dijera una palabrota. Aquí se te quedaban las orejas... Yo recuerdo haber tenido sabañones de las madrugadas que hacían aquí hace unos años. Las de ahora, desde hace unos diez años, se pueden aguantar. Yo me calentaba con el lavavajillas las rodillas, porque se me quedaban como el hielo. Tanto, que aunque quisiera andar no podía, porque las tenía bloqueadas del frío. Además, aquí la puerta está constantemente abierta y no teníamos calefacción. Lo único que daba calor aquí era la gente y el tostador. Aquí hemos pasado unos inviernos horrorosos de frío, de lluvias...

— Por lo que se ve, este bar aún mantiene la esencia de su padre, ¿no?

—Sí. Solamente eso. Ademas, mi marido tiene un puesto de trabajo muy bueno. Sin embargo, mi madre se quedó con una pensión muy baja, de unos 490 euros, cuando se murió mi padre. Mi madre, en ese momento, tenía solo 52 años, pero tenía cinco desprendimientos de retina y ataques epilépticos, por lo que no se podía hacer cargo del bar. Yo era consciente de que con solo cuatrocientos euros no iba a poder sobrevivir y mi padre siempre nos dijo que, si a él le pasaba algo en algún momento, nunca le faltara nada a mi madre. A mí eso se me quedó grabado y estaba claro que a mi madre no le iba a faltar de nada. Yo estoy aquí, prácticamente, por ella. Sé que el día que falte mi madre se acaba un ciclo y, quizás, por aquí ya haya muchos bares; pero, de momento, mientras tenga fuerzas a mi madre no le faltará de nada, como él lo deseó.

—Mirando al futuro, ¿le gustaría que sus hijos tomaran su relevo?

—Me gustaría, me gustaría mucho. Pero desde que entró la crisis, esto está muy desierto. Tenemos una clientela que es muy fija y de hace muchísimos años. Son cuarenta años en esta calle, pero está muy difícil. Además, mi hijo está estudiando una carrera y, probablemente, no se dedique a esto. Lo principal, porque no le gusta y, después, porque el abuela queda más lejano. Yo sé que esto no va a ser de él, pero sí me gustaría dejárselo y que siguieran los dos chavales, porque ellos han luchado y remado a la misma paz que nosotros. Hubo momentos muy duros que estuvieron peleando con nosotros y me gustaría que, llegado el momento, los dos cerraran esto, porque yo creo que deberían de ser ellos quienes cierren el sueño de mi padre.

—¿Es duro conciliar la vida familiar con este trabajo?

—Sí. Yo me levanto a la una y media de la madrugada y me acuesto a las seis de la tarde y, a las nueve, estoy preparando la cena para los niños. La vida familiar se pierde, son muchas horas. Yo siempre le decía a mi padre que, prácticamente, no lo conocía. Y yo lo he vivido ahora.

—Detrás de la barra, ¿sois cómo una pequeña familia?

—Así es. Cuando murió mi padre, fue Carmelo quien lo recogió del suelo junto con mi familia. Él me ha enseñado todo. Para mí es mi hermano mayor, no es un empleado. Y Antonio igual, él se crió conmigo. Lo he visto de adolescente, casarse, ser padre. De hecho, ahora ha tenido un niño precioso. Ellos son mi familia y, asimismo, sus familias son también la nuestra. Esto no es como una empresa donde se pueda sustituir a alguien, aquí se nota muchísimo cuando alguno faltó. No son empleados, son mi familia.

Una cantina con su estilo propio

Casa Juande es uno de los bares que más se diferencia del resto. No solo se caracteriza por su horario de apertura: de 03:30 de la mañana, a 14:00 del mediodía. Sino que, además, lleva en pie más de cuarenta años, y creando beneficios, a base de solo café y tostadas, así como de alguna que otra copa que los trabajadores, que se pasan por esta parada fija en el Mercado de Mayoristas, se toman para desperjarse después (o incluso antes) de una larga jornada laboral que bien merece una recompensa.