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lunes, 20 mayo 2019
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URGENTE
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Gaspar Sánchez

Vox Populi

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Si hace una década se nos hubiera vaticinado que en Andalucía ganaría doce escaños la extrema derecha a través de un partido joven como es Vox —su fundación data del año 2013—, muy probablemente la risa se hubiera apoderado de nuestro semblante y hubiéramos ubicado la presunta profecía en el terreno de la más absurda Ciencia Ficción. Pero como la realidad es la que es, y nos sorprende con unos resultados nada previsibles, ni esperados ni deseados por la mayor parte del pueblo andaluz que, lógicamente, demostró que aún se posiciona al lado de la izquierda, lo entendemos como un buen tirón de orejas a los representantes de siempre. Esto nos debiera hacer reflexionar sobre lo que nos está pasando realmente, porque sí, doce escaños de la ultraderecha son pocos o muchos —según se mire— pero la verdad es que evidencia un considerable apoyo de nuevos adeptos frente al panorama político actual. Lógicamente, en un estado democrático, como todavía es el nuestro, habremos de respetar a todo el mundo. Para muchos, Vox había sido el verdadero ganador, llave de la nueva formación gubernamental, de lo contrario, las cuentas no salen, aunque siempre se podrá volver a convocar otras elecciones, claro está, pese a que los resultados posteriores podrían avalar los de la primera convocatoria y dar comienzo así a un juego interminable. Ahora bien, decía yo antes que se debe respetar el derecho a votar al candidato más idóneo, dentro de los límites que marca la ley, y ahí quería yo llegar: ¿Saben los votantes de Vox la proclama de este partido?, simplemente me gustaría que se reflexionase sobre eso. Como diría un amigo mío: “Que se lea la letra pequeña”. Porque sí, los agigantados pasos que hemos dado en relación con los derechos de la mujer, la lucha desde las aulas por el lenguaje no sexista, o la labor diaria en favor del respeto que merece cualquier opción sexual, debería seguir prevaleciendo por encima de todo como conceptos intocables en el “hoy” social, eso sí, ni me gusta lo exacerbado de un feminismo mal entendido, por ejemplo, ni el extremismo de cualquier ideología que roza lo rancio de una etapa ya superada.