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lunes, 17 septiembre 2018
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URGENTE
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Sofía Casado

Un kilo de caridad

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Sofita tráeme el almirez!— me pedía mi abuela cuando llegaban estas fechas. Yo iba corriendo a la cocina contenta por saberme partícipe de uno de sus pocos momentos expansivos, me subía a un taburete para alcanzarlo, pesaba mucho, se lo acercaba con cuidado para que no se me cayera en un pie y luego me quedaba encandilada viendo cómo lo hacía sonar al compás seco y agudo de viejos villancicos que cantaba con voz temblona: Vamos pastorcillos, vamos al portal, porque en esta tierra ya no hay caridad, ya no hay caridad, ya no hay caridad. Me imagino que la caridad a la que se refería no era la virtud teologal, más bien debía tratarse de su acepción de limosna que se presta a los necesitados; al fin y al cabo, en las pre-navidades de mi infancia, la caridad, como el turrón, colmaba las casas como una forma de canalizar sensibilidades cristianas.

¡Qué contenta debe estar mi abuela con esta generación criada a toque de almirez! ¡Ahora sí que hay caridad! En este siglo XXI estamos tolerando una época de misericordia caritativa que para ellos la quisieran los cristianos del XIX. No hay asociación de vecinos o lugar de trabajo que no aproveche la generosidad y buena voluntad de la gente para ayudar al prójimo como a ellos mismos. Es más, no hay supermercado que no tenga un Banco de Alimentos a la salida de caja para pedir un kilo de comida no perecedera para los pobres que no tienen un besugo que echarse a la boca en Nochebuena. Y está bien. Según leí en el día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, en España hay 12,9 millones personas en riesgo de pobreza o exclusión social. Estamos hablando de un 27,9% de la población; cientos de miles de familias que se ven obligados a sobrevivir día a día pidiendo comida a los Bancos de Alimentos. Entonces ¿por qué me indigna esta situación?

Pues porque la pobreza no es solamente una falta de ingresos. La pobreza es en sí misma causa y consecuencia de violaciones de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. Derechos y libertades que nos habíamos otorgado unos a otros a costa de luchas y revoluciones. Y a mí me parece que dar este kilo de arroz o de garbanzos se ha convertido en una costumbre navideña que perpetúa la perversión social de la caridad como una forma sustitutiva de esta justicia social. Y también me indigna que las compasivas empresas de los supermercados utilicen estos Bancos de Alimentos como una forma de publicidad subliminar, de ampliación de ventas y a veces de desgravación fiscal. Sobre todo, porque cuando se apruebe la reforma de la Ley de Mecenazgo del PP, actualmente en trámite, la deducción de las empresas por la donación que se haga a un banco de alimentos, por ejemplo, pasará del 35% para empresas al 70% y en personas físicas del 25% al 60%. Así que estamos creando una sociedad de opulentos mecenas que decidirán qué proyecto prospera y cuál no. Y todo esto no me indignaría tanto si año tras año no siguieran disminuyendo las partidas presupuestarias destinadas a pensiones, servicios sociales y políticas de fomento del empleo, políticas que solo en 2018 pasarán del 16,5% del PIB a quedarse en el 16,2%. Y me indigno porque estamos concediendo lo más primario, lo que no puede ser regalado, a lo que deberíamos tener derecho por el simple hecho de existir: el pan.

De tanto mirar las fronteras estamos perdiendo de vista el horizonte. Estaría bien recordar que ninguna de las conquistas ganadas por nuestra sociedad debe darse por sentada. Al contrario, la desigualdad es ya una lacra instalada en este siglo. La tecnología destruye cada vez más empleos y los que hay son cada vez más precarios. Puede que por esta razón muchos foros internacionales están planteándose la renta básica universal como única solución. Ya se reparte en Ontario, Alaska y Finlandia. Desde el foro de Davos, hasta Silicon Valley tienen el foco de interés en la renta básica. Y hasta yo entiendo que no lo hacen por altruismo. Pero quizá, solo quizá, este sea un dividendo social que poco a poco devuelva cotas de dignidad a quienes mañana tienen que hacer cola para recoger su kilo de caridad.