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lunes, 20 mayo 2019
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URGENTE
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Gaspar Sánchez

Potricos de Jaén

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Y termina el dicho: “que acabaron mal y empezaron bien”. Sobre el origen de este dictado tópico me preguntaba, precisamente, un compañero de profesión, pues lo había oído en alguna ocasión relacionado con nuestra tierra, pero desconocía su proveniencia. Por mi parte he de decir que lo recogí en mi Diccionario geográfico popular de Jaén, publicado hace más de una década y reeditado hace algunos meses, resumen de mi tesis doctoral —dicho sea de paso— y aclararé dos versiones que si bien no se distancian en la esencia, bien es verdad que debieran ser matizadas en alguno de sus aspectos, las mismas, eso sí, que me fueron facilitadas por respectivos informantes en su momento. De viva voz me explicaban que antiguamente (sin precisar cronología) fueron muy celebrados los caballos que se criaban por las lomas de Úbeda, tanto, que se hicieron famosos, incluso más, que el propio refrán en referencia a la conocidísima comarca natural. De esta forma, muchos eran los interesados en comprar estos animales, razón por la cual solían venir a nuestra provincia a tal fin y que, según Ximénez Patón recogió en 1619, haciendo alusión a la Loma: “Produce y cría bizarros, castizos y hermosos y generosos caballos, cuyo nombre y fama lo abona más que mi historia”. También nos hablaba, incluso, de “castas de excelencia aventajada”, y hacía referencia a: “Valenzuelas, velloríes, pie de hierro, zarabanda, perlillas, mendozas, guzmanes y otros”. Ahí es nada. Con todo, otros informantes, más allá de autoridades oficiales, me decían que fue en la propia ciudad de Jaén, y no en la Loma, donde existía este criadero de caballos y de ahí se transportaban a lugares concretos de la provincia como Úbeda o Baeza, pero siempre como puntos de venta. La realidad parece ser que, tras la fama de nuestros caballos, se intentó crear en Jaén una Real Maestranza de caballería —hablaríamos de finales del S. XVII— pero no fructificó porque al igual que aparecieron estas reconocidas especies, pronto les llegaría su decadencia. A pesar de ello, según nos describe —a mediados del S. XIX—, el gran maestro Madoz, en su Diccionario: “La ciudad siempre tuvo de su cuenta dos o más caballos de semilla para parear las yeguas del término”.