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martes, 20 noviembre 2018
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URGENTE

Náufragos

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En el artículo del mes pasado acabábamos sorprendidos ante el uso de términos de sabor antiguo para designar lo más actual. Así, llamamos “navegar” a nuestro recorrido por internet o “nube” al espacio donde guardamos información. Hoy podemos añadir algo más al respecto. La palabra “cibernética” proviene del término griego “kyberntik”, que designa el arte de gobernar una nave. Parece que el elemento predominante en nuestro mundo tecnológico es el agua. No es, pues, extraño que el recientemente fallecido sociólogo Bauman hable de modernidad líquida, de realidad líquida y de educación líquida.

Ahora bien, la experiencia en la que el hombre se encuentra perdido en el agua se llama “naufragio”. Se trata de una situación paradigmática, hasta el punto de que la filosofía de Ortega y Gasset considera la vida precisamente así, como naufragio. Pero aunque constitutivamente el hombre sea un náufrago, ha habido épocas en las que su circunstancia histórica y social hacía que sintiera que el barco en el que transcurría su existencia era tierra firme donde sus raíces se hallaban bien afincadas. Stephan Zweig cuenta en “El mundo de ayer” cómo la generación de sus padres, que vivió en la Austria de antes de la Primera Guerra mundial, consideraba el mundo como un lugar estable en el que los cambios eran mínimos. Su circunstancia era su hogar. Llama por ello a aquella época “la edad de oro de la seguridad”. Por el contrario, él vivió una existencia sacudida por las dos guerras mundiales y el ascenso al poder de Hitler, que de un escritor de éxito lo convirtió en un autor prohibido y un huido apátrida. La tradición española parece especialmente sensible a esa posibilidad de que de pronto todo cambie, a esa concepción del poder como voluble, de la vida como inestable, del mundo como una ruleta de la fortuna: “tu firmeza es non ser constante”, le decía a aquella Juan de Mena. Quizá por eso España aportó tanto al barroco, una época en que esta experiencia del naufragio se agudizó. Viejas certezas que el paso de los siglos había apuntalado se resquebrajaban y el hombre sentía que el suelo le faltaba bajo los pies. De ahí la sensación de que la realidad tenía la consistencia de los sueños: estamos hechos de la materia de los sueños –Shakespeare–, la vida es sueño –Calderón–, contemplemos la posibilidad de que todo sea un sueño –Descartes–. Y de ahí también la idea de que el hombre es una mezcla de miseria y grandeza, porque sentirse náufrago es reconocerse menesteroso, pero en ese reconocimiento está la posibilidad de salvación. De otro modo uno se ahoga inevitablemente.

Hay otro momento en que el hombre siente que se halla sobre agua procelosa y que debe nadar para salvarse. Hace dos siglos, en pleno romanticismo, Géricault pintaba “La balsa de la Medusa”, la historia de un famoso naufragio. Por las mismas fechas, Schopenhauer citaba en su libro más famoso las palabras de Shakespeare y de Calderón relativas al sueño. Y Mary Shelley escribía “Frankestein”, una novela sobre las posibilidades de la ciencia que vuelve a mostrar el carácter doble del hombre, su lado sublime y su miseria.

El artículo está llegando a su fin y debemos arribar a puerto. Nuestro mundo parece mirar desorientado una brújula que señalara hacia él mismo. La sensación de naufragio nos acerca al barroco y a los románticos. De hecho, hoy se habla de un neobarroco, de un tecnobarroco y de un tecnorromanticismo. No es lugar este para entrar en detalles, basta señalar las sugerentes coincidencias. El ciberespacio, la inteligencia artificial, la globalización, configuran un inmenso mar de agitadas aguas, en el que volvemos a sentirnos menesterosos y a cuestionar la realidad. La ciencia ficción, que nos muestra la grandeza y bajeza del hombre, ha pasado a ser en parte un género realista en el que encontrar material para la reflexión. Porque solo haciéndonos cargo de la complejidad de nuestro mundo –y su denunciada superficialidad es parte de esa complejidad– compondremos un arte de gobernar bien nuestra nave, una buena cibernética.