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viernes, 16 noviembre 2018
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Tomás Afán

Las cuestas de Ibn Shaprut

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Os saludo vecinos. ¿Sabéis quién soy? Mi nombre es Hasday Ben Ibn Shaprut. Me recordáis ¿verdad? ¿Ah, no? Pues historiadores y novelistas de diversos países han narrado mi vida; ellos os contarán la historia del erudito capaz de atesorar el saber que cabía en varias lenguas, del sabio que descubrió antídotos contra malignos venenos, del médico que consiguió curar a reyes, del diplomático que evitó tensiones con los enemigos de Al Andalus, del poderoso consejero que llegó a ser uno los personajes más influyentes de la corte andalusí y del mundo entero.

Y debéis saber que mi origen está en la vieja Yayyán. Por eso estoy de nuevo con vosotros, porque algunos me habéis evocado aquí en mi ciudad natal. Y ahora paseo por estas calles en las que habité durante mis primeros años de vida. Y aunque todo está muy cambiado, el cielo sigue ahí, inalterado, el mismo cielo en el que dibujaba mis sueños. Y permanece, idéntica, la silueta de los montes que rodean la ciudad. Y también se mantienen intactas las cuestas, las reconozco, los edificios se han transformado pero las cuestas son las mismas. El tiempo destructor no ha sido capaz de socavar las inolvidables cuestas de la vieja judería que ahora, al ascenderlas tantos siglos después, parecieran capaces de conducirme a aquella sinagoga fundada por mi padre, a la que tantas veces acudí, o a la yeshivá en la que me inicié en el aprendizaje de la Torá y del Talmud, o a los baños de la judería, por cuyas cañerías, que ahora yacen olvidadas bajo tierra, todavía discurre a veces un hilillo de agua procedente del raudal de la Magdalena. Y caminando descubro con sorpresa que ha desaparecido la gran mezquita, y que en el lugar en el que se levantaba aquella mole indestructible, ahora hay un templo no menos imponente, al que llamáis catedral. Qué empeño de enfrentar a los dioses unos contra otros, como si derribando unos muros y colocando otros en su lugar, se pudiera desalojar al dios ajeno, para darle cobijo de ese modo a la divinidad propia. Y al culminar mi vieja y familiar cuesta, me complace descubrir que arriba, en la cima del cerro permanece la vieja alcazaba, que ahora es de un tamaño mayor aunque ya no esté abrazando la muralla que antaño defendía la medina de nuestra hermosa Yayyan, ese mismo cuerpo urbano que vestido con otras calles ahora os empeñáis en llamar Jaén. Me complace que vuestra curiosidad os haya conducido hasta mí, hasta los deshilvanados hilos de memoria que constituyen mi recuerdo, y el de mis coetáneos los miembros de la comunidad judía de Yayyan, que un día subieron estas cuestas tan cargados de vida e ilusiones, que pareciera imposible que llegaran a desaparecer. Igual que los sólidos edificios de esta judería que eran tan compactos y tenían unos cimientos tan hondos, que no podíamos imaginar que el huracán del tiempo llegaría a tumbar sus sólidas estructuras. Pero debéis saber que las voces de mis vecinos sonaron tantas veces por estas estrechas callejuelas que sus ecos, desde la lejanía de los siglos, todavía permanecen vibrando en el aire, como un inaudible murmullo, que vosotros habéis sido capaces de amplificar, al invocar nuestra memoria, en estas calles que todavía son un poco nuestras, de mis vecinos judíos de la vieja Yayyan, tan presentes desde el pasado, que si acercáis la oreja a nuestras huellas podréis escuchar el eco de nuestros pasos, milenarios, recorriendo incansables las cuestas de Jaén.