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domingo, 18 noviembre 2018
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URGENTE
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Javier Morallón

La sopa catalana

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Si usted está harto de la sopa catalana, prepárese porque con la Diada y el 1 de octubre en ciernes nos esperan 3 tazas llenas. Igual se pregunta, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? o de dónde ha salido este furor independentista que parece dejar a Simón Bolívar como un mero aficionado.

En democracia la pulsión independentista en Cataluña nunca superó el 20%, pero de la noche a la mañana, entre los años 2010 y 2012, pasó a estar por encima del 50%. No discuto que bajo el régimen de adoctrinamiento actual esas cifras puedan alcanzarse, en un futuro, con base en un sentimiento de sincera autodeterminación. Pero actualmente ese elevado porcentaje debe justificarse por otros motivos. En 2007 se inició una crisis sin precedentes, crisis que golpeó a todas las comunidades y cuyos dirigentes políticos sufrieron la ira de sus conciudadanos. El 15 de junio de 2011 una manifestación de indignados rodeó el parlamento de Cataluña, muchos diputados fueron insultados. Artur Mas, que tuvo que entrar en helicóptero, tomó buena nota aquel día y se dijo a sí mismo que eso nunca más se repetiría. Unos meses después lanzó un órdago al Gobierno central, o le daban un pacto fiscal que privilegiara a Cataluña frente al resto del comunidades o se echaba al monte independentista. Desde entonces todas las energías del Govern se han empleado en manipular las frustraciones creando un clima irrespirable donde las causas de todo mal tengan como único origen el resto de España. Lo sorprendente de este caso no es que uno de los políticos más nefastos de la historia de España quisiera capear la crisis inventando una sarta de falacias y envolviéndolas todas en la bandera catalana; lo verdaderamente noticiable es que miles de personas compraron ese argumento y lo hicieron suyo. Desde entonces ya no ha habido más manifestaciones en contra de los políticos catalanes, a pesar de la desastrosa gestión y una corrupción galopante. Parece que la canallesca social de enfrentar a hermanos y la inoperancia política son la mejor estrategia para salvar el cuello en plena crisis.