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lunes, 26 junio 2017
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José Villar Casanova VICA

La sonrisa no muere

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Pocas cosas tienen mayor poder terapéutico que la sonrisa. Una sonrisa conforta, alienta, anima, da confianza. Y es quizás el fármaco más natural y más económico que pueda encontrarse. Me gustan las personas que sonríen y admiro a las que hacen provocar esas sonrisas. No he conocido a un solo actor o actriz que no reconozca que, en su trabajo, es mucho más complicado hacer reír que hacer llorar.

Y no solo es más difícil para los actores, sino que también lo es para los políticos. Lo estamos comprobando cada día. Afortunadamente, en mi larga vida profesional, conocí a más actores, a más humoristas que a políticos. Y eso que hay muchos más de los segundos que de los primeros. Pero yo prefiero a los actores. Uno de ellos fue Manolo Gómez Bur, a quien admiré en la pantalla y en el teatro y, con el tiempo, como amigo. Conocí personalmente a este actor hace muchos años en el Estadio de las Margaritas, donde, en una mañana de intenso frío, jugaban el Getafe y el Real Jaén. Allí estaba Manolo Gómez Bur, con la cabeza escondida entre las solapas del abrigo, viendo al equipo jiennense, por el que sentía simpatía, ya que él estaba muy ligado a nuestra provincia, por su matrimonio con María del Carmen Aranda, natural de Bailén. Esto hacía que Gómez Bur anduviera muy a menudo por tierras jiennenses. Hice amistad con él por amigos comunes, como José María Crespo Neche. Le gustaba jugar al mus y, de vez en cuando, participaba en los campeonatos que organizaba mi amigo Javier Aguilar, en el bar Casablanca, o los que organizaba mi también gran amigo Antonio Guzmán en el Club 63. Coincidí muchas veces con él y no olvido aquel entrañable homenaje que le ofrecimos un grupo de amigos en la casa-palacio de Juan Castellano de Dios, donde la historia de Jaén era el tema imprescindible. Intervino en casi un centenar de películas y protagonizó grandes comedias en el teatro, como “La sopera”, “La venganza de Don Mendo” y “La señora presidenta”. Hizo sonreír a cuatro generaciones de personas, siendo las décadas de los 60 y 70 en las que mayor popularidad y prestigio alcanzó. Manolo Gómez Bur falleció con 74 años en Bailén, donde fijó su residencia una vez retirado. Precisamente, en el ya inminente mes de mayo, se cumplirán 26 años de su muerte. A pesar del tiempo discurrido, su recuerdo aún me provoca una sonrisa.