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viernes, 16 noviembre 2018
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URGENTE
Imagen FRANCISCO CASAS
Francisco Casas

La higuera de Virimar

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Desde muy antiguo suele haber higueras y parras plantadas en los patios de las casas de nuestros pueblos. En estas fechas de comienzo del verano en las que el calor empieza a ser tema recurrente de conversación, las familias suelen sentarse a la caída de la tarde bajo la fresca sombra que sus copas nos deparan para disfrutar saboreando sus primeros frutos, las hermosas brevas que son manjar más que apreciado por todos. La higuera también se cultiva en huertos y campos en toda el área del mar Mediterráneo porque es un árbol sobrio que cuando enraíza es muy resistente a las inclemencias del clima. La higuera por tanto forma parte de la cultura de los pueblos que viven alrededor de este mar y además tiene un valor simbólico en todos ellos, por ejemplo, en la cultura griega y romana el higo era un símbolo de fertilidad. También es uno de los primeros árboles que se menciona en la Biblia, pues con sus hojas se hicieron Adán y Eva su primera vestimenta, y a través de las páginas bíblicas podemos conocer que según los profetas es el ideal de la paz y la justicia social, y además es el símbolo que representa al pueblo de Dios que es Israel, de cuyos sus padres, Oseas dice que son como las primeras brevas. La costumbre de sentarse al atardecer bajo la higuera o la parra es la constatación de un estado de prosperidad y paz en la tradición judía. Para los cristianos la higuera seca representa la falta de fe, y la frondosa y falta de frutos merece la maldición de quien a ella se acerca, aunque el dueño que la cuida todavía confíe y pida paciencia y clemencia para ella. Curiosa parábola que permite interpretaciones varias, pero que en el fondo nos quiere llevar al conocimiento de que cada uno encontrará el destino que se labre con sus actos, aunque pueda dilatar el cumplimiento de esta sentencia apelando a la buena fe de los demás.

Como es natural, la cotidiana presencia de la higuera y sus frutos en nuestra sociedad ofrece ocasiones para jugar con las palabras y los conceptos tejiendo refranes y frases coloquiales, y así se suele decir que “alguien está en la higuera” cuando parece no enterarse de aquello que debiera conocer, o bien “se ha caído de la higuera” para decir que por fin ha abierto la mente y entendido el meollo de un asunto, y “eso sucede de higos a brevas” para significar que algún hecho es muy infrecuente, y qué decir de las connotaciones sexuales que el higo y la breva tienen en el lenguaje común. En cuanto a refranes citaré “el que cuida la higuera comerá su fruto”, o bien “sea tuya la higuera y yo esté a la vera” y este otro que es todavía más importante si cabe, “el que tiene higuera en camino real, si quiere comer higos tiene que madrugar”.

Y todo esto me viene a la mente hoy, porque hace unos días anduve paseando entre los campos de olivos viendo las primeras aceitunas cuajadas asomar entre las ramas como promesa todavía incipiente de la próxima cosecha, y caminé largo rato por la campiña hasta llegar a una higuera frondosa donde al atardecer, descansé y comí unas brevas que literalmente arrebaté a los pájaros. Sí, esa hermosa higuera tenía frutos que generosa ofrecía a todos los que a ella se acercaban. Para eso fue plantada en medio del olivar.

Pero hay otra higuera plantada cerca del camino, también entre los olivos de mi pueblo, que tiene una historia singular que merece la pena ser contada, al menos, como ejemplo de lucha por la supervivencia. Es una higuera simbólica por el mensaje que transmite, agarrada a la tierra, a su tierra que es la mía, donde la planté hace ya más de veinte años. Esta higuera soporta la maldición de algún desalmado que una y otra vez a lo largo de los años, la corta, la aplasta bajo las ruedas del coche o el tractor, la troncha y la desmocha con el ánimo evidente de acabar con ella y hacer daño, pero la higuera tiene allí sus raíces y soporta y vuelve a renacer una y otra vez. Ahora levanta dos palmos sobre la tierra y todavía no ha dado fruto, ni parece que nunca llegue a darlo porque su destino es resistir las agresiones e intentar no morir. En la campiña de Virimar, la higuera sigue plantada para escarnio de alguien que nunca ha dado la cara