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martes, 18 septiembre 2018
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Francisco Peinado

La dura autonomía del autónomo

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Monta tu propia empresa, decían. Serás tu propio jefe. Tendrás libertad de horarios, te organizarás mejor, ganarás más dinero... Hazte autónomo. Serás feliz. Sí. Salvo por estos pequeños detalles, una especie de decálogo de obligado cumplimiento. Tendrás que tomarte todas las mañanas la pastillita del autónomo, esa que te permite trabajar y trabajar sin caer enfermo. La expresión baja laboral solo será posible cuando ya exista mucha sangre o fiebres superiores a 45°. A partir de ahora jamás desconectarás tu mente del trabajo, así cuando estés celebrando un gol te acordarás que no enviaste tal factura, o, si estás haciendo el amor, que no te ha llegado el presupuesto de la máquina de engrase. Te preguntarán a menudo ¿cómo va la cosa?, y ojo con la pregunta trampa, porque digas lo que digas tu interlocutor ya tendrá prefijada la respuesta. Te harás un experto en legislación, laboral, fiscal, social, penal, plurianual y peritoneal. A partir de ahora dejas de tener amigos en el curro: si tienes empleados, serás el malo, si son compañeros autónomos, serás el malo, si alguien pasa por allí, serás el malo. Y, lo más importante: para los gobiernos y ciudadanos no autónomos, no existes, porque eres... autónomo.