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lunes, 20 noviembre 2017
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URGENTE
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José Villar Casanova VICA

La alberquilla

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Sólo los mayores del lugar pudimos disfrutar de la llamada Alberquilla de la Rana porque pienso que en la actualidad este popular lugar ya no existe. Estaba situada al pie del Cerro de las Canteras y del Cerrete Colorao, muy al final de la calle Arrastradero —en la que viví seis años— y camino del Puente de Jontoya. Estaba muy cerca de la ciudad, pero era una aventura para los críos el desplazarse hasta aquel pequeño chilanco, con poca agua, donde gozábamos viendo saltar las ranas por todos lados. Para nosotros, las ranas entrañaban una gran curiosidad porque no era fácil verlas en otras partes, a no ser en la abandonada piscina llena de berros, zarzas y otros yerbajos que había al principio de la carretera de Granada, a la derecha, justo donde se iniciaba después el ferial. Nunca he comprendido por qué, cuando alguien se sale del guion y su conducta no es la apropiada, sobre todo si no es buena, se dice “este nos ha salido rana”. Las ranas son simpáticas, gusta verlas saltar y oírlas croar y hasta ofrecen la delicia de sus sabrosas ancas a la plancha. Si se dijera que “nos ha salido sapo” lo entendería mejor. Los sapos son menos agradables, más peligrosos y hasta suelen escupir demostrando una pésima educación. Y toda esta evocación viene porque me la ha recordado ese asunto que se conoce como “la charca de Esperanza Aguirre” de la que no cesan de saltar ranas —o sapos— que sorprenden con esos saltos con los que se saltan las normas más elementales de la decencia y del honor. El último en salir de la charca —por ahora— ha sido Ignacio González. Ha estado algún tiempo entrando y saliendo de la charca hasta que parece que lo han cazado. Tendrá que aguardar a la decisión de los jueces, pero no creo que nadie esté dispuesto a merendarse las zancas de estos batracios de la marca Aguirre. Habría que lavarlas demasiado.

Y es que se están poniendo las cosas en España de una manera que no dejamos que nadie se haga rico como quiera, sin tener que dar explicaciones. Nos preocupamos demasiado de los corruptos. Mucho más que los responsables de haberles dado un cargo para que practiquen la corrupción a sus anchas. Esperanza Aguirre no se ha enterado de nada. A alguien así con tan monumental despiste no la dejaría yo ni al cuidado de mis gatos. Y, digo yo, ¿no será que Esperanza también nos está saliendo rana?