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jueves, 24 mayo 2018
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José Villar Casanova VICA

Jaén por bandera

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De los muchos jaeneros que, afortunadamente, proclaman con convicción y orgullo llevar el nombre de Jaén por bandera, no tengo la menor duda en señalar que, de cuantos yo he conocido, el que merece este título de auténtico abanderado de nuestra tierra es Antonio Jiménez Silva, el artista que desde que dio sus primeros pasos en el baile, decidió prescindir de sus apellidos para ponerse el nombre de Antonio Jaén, con el que dio honor a su tierra por los cinco continentes. Perdonen mi inmodestia, pero pocos como yo —y quienes hayan leído el libro de sus memorias que yo tuve la suerte de escribir— conocen la historia de este jiennense tan ejemplar como humilde, tan artista como hombre llano. En la trayectoria de Antonio existe un compendio de vida cuajada de ejemplos de fuerza, fe, trabajo, amor y arte, mucho arte. Hace muchos años que conocí a Antonio porque la fama de su arte por el mundo entero se había extendido por Jaén, su ciudad.

Un día, hace casi 20 años, un amigo común, el doctor Miguel Ángel Bueno, me pidió que escribiera las memorias de Antonio Jaén, porque así lo quería el genial bailaor. Me excusé por cosas del trabajo. Pero Antonio vino a mí con una bolsa en la mano y me dijo: “Respeto tu negativa, pero antes de hacerla definitiva te ruego que oigas estas cintas donde tengo grabadas todas las experiencias que viví a lo largo de mis años de baile por todo el mundo”. Le hice caso y escuché las cintas, pero antes de llegar a las últimas, me decidí a escribir sus memorias porque lo que contaba era un ejemplo de lucha, de penurias y éxitos que jamás había conocido. Así nació el libro “Jaén por bandera. Vivencias de Antonio Jaén”.

Yo rogaría, a quien no lo haya leído, que lo lea. Que se olviden de mi nombre, porque solo doy testimonio de una vida rica en experiencias que van desde la amargura, la desgracia y el triunfo con vivencias increíbles. Tras llenar los escenarios con su arte, casi siempre acompañado de su hermana Teresa, regresó a sus lares, junto a su madre, junto a la Catedral y el Castillo. Enseñó a muchos jóvenes, ofreció funciones benéficas e hizo que las lágrimas asomaran a los ojos cuando bailaba la música del himno al Abuelo. El pasado domingo, Antonio Jaén hizo mutis del escenario de este mundo, pero aún suena el eco acompasado de su último taconeo. Y seguirá sonando porque ese taconeo sublime está grabado en el corazón de Jaén.