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domingo, 23 septiembre 2018
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URGENTE

Fútbol

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Había anunciado para hoy un nuevo artículo sobre el asunto de los robots, pero dado que se está celebrando el mundial, rindamos tributo al puro presente. Cada vez que hay un acontecimiento futbolístico de esta magnitud, aparecen, recurrentes, las voces que se lamentan de que la pasión que despierta este deporte no la susciten la educación o la ciencia. Ojalá, dicen, las masas corearan el nombre del último premio Nobel de Medicina con la vibrante energía con que cantan el de Iniesta o el de Ramos. No termino de ver clara esta postura. Para explicar lo que pienso al respecto imaginemos un vocacional y abnegado científico que sea aficionado al fútbol. Pongámoslo en dos situaciones distintas: ante una final y ante un hallazgo científico. En el primer caso, sabemos lo que sentirá: nerviosismo, inmensa y momentánea alegría si su equipo mete un gol, deseo intenso de que acabe el partido si se gana solo por un tanto..., en fin, el habitual repertorio de emociones en esas circunstancias. En el segundo, no diré que muestre una ascética y racional constatación de que se ha conseguido algo de importancia, exenta de sentimientos. Sin duda, habrá en su ánimo orgullo si ha participado en el descubrimiento, admiración hacia sus colegas si no ha intervenido él, dicha por el logro de una disciplina de la que se siente miembro. Si se me pregunta cuál de esas actividades tiene más mérito (es decir, es más valiosa), no dudaré en decir que la segunda a gran distancia de la primera. Si se me dice qué alegría es de más calidad, la que uno siente ante un gol o la que uno siente (el que la siente) ante una invención o un descubrimiento, también diría que la segunda. Pero no entiendo qué tiene que ver todo esto con ese lamento con que hemos comenzado el artículo. Las emociones que provocan los hallazgos culturales (no solo un descubrimiento científico, pensemos también en una hábil solución pictórica o en un verso perfecto) son acaso más serenas, más profundas y más íntimas. Me cuesta pensar a un lector exquisito que, tras entender el verso con que Góngora acaba su famoso soneto (“en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”), y darse cuenta de la gradación creciente (o decreciente, según se mire), con que cuenta el aniquilamiento de la belleza (“humo” aquí tiene que ver con “humus”, tierra), abra la ventana de su cuarto y grite a los cuatro vientos: “¡Oooole el Góngora! ¡Lo ha clavao!”, mientras ondea la bandera del Siglo de Oro. Más bien me lo imagino mirando el crepúsculo a través de esa misma ventana y saboreando con melancolía el endecasílabo. Es lo que este pide, como el gol suscita una intensa y, si se quiere, primaria emoción que se manifiesta en gritos, saltos y abrazos. No veo incompatibilidad entre ambas emociones, y las considero fruto de objetos y campos distintos. No obstante, tal vez algunas voces que agitan ese lamento no pongan el acento tanto en la pasión que puede hacer sentir a alguien el fútbol como en la valoración social que ese deporte tiene, en su importancia a la hora de generar modelos de vida y ejemplos para imitar. Una sociedad, quieren acaso decir, que da más importancia al fútbol que a la ciencia (no ya que vibre más con el primero que con la segunda), debería reflexionar sobre sí misma. Este, en efecto, es otro asunto. Y aquí el fútbol no está solo. Su peso social y su influencia serían comparables a los programas de televisión de más audiencia, a los personajes más populares o a los grupos musicales de moda. Pero al menos una parte de esto, ¿no pertenece a la Cultura? Que el ministro de Cultura lo sea también de Deportes, ¿no es una intuición de la cercanía entre ambas cosas? Si la música de los grupos que harán su gira este verano es considerada cultura (para entendernos: si el reguetón es cultura), ¿qué impide considerar también como tal el deporte de masas? Como se ve, además del artículo sobre los robots, queda pendiente otro que intente responder a esta pregunta: ¿qué entendemos por “cultura”?