Actualizado
lunes, 12 noviembre 2018
21:28
h
URGENTE

El consumo del arte

Ver comentarios

Es posible que el signo de nuestro tiempo sea carecer de signo alguno. Predomina la sensación de que nada de cuanto surge lo hace para quedarse. Sospecho que esto tiene que ver con la aplicación del patrón del consumo a ámbitos que le son ajenos. La pista me la dio una famosa presentadora de televisión, que dijo hace años: “Consumo todo tipo de música”. A la sorpresa que me produjo el que pudiera pasar sin solución de continuidad de la “Novena” a “Macarena”, se añadió el empleo del verbo “consumir” en ese contexto. Uno consume tomates o plátanos, pero... ¿música? Lo característico del consumo, cuenta la perspicaz Hannah Arendt, es que se produce en nuestra dimensión biológica, es necesario para nuestra subsistencia en la naturaleza. Consecuentemente, lo consumido es poco duradero, está destinado a desaparecer, tragado por nuestro cuerpo o sometido a la corrupción natural.

Pero, además de este ámbito y sobre él, el hombre ha creado un espacio donde las cosas están hechas para perdurar. Más allá de la naturaleza, hemos levantado un mundo que nos recibe al nacer y que seguirá tras nuestra muerte. Las obras de arte, pero no solo ellas, pertenecen a ese mundo.

Consumir música, o libros, o cuadros, supone así tratar algo destinado a perdurar como si perteneciera a nuestro espacio de mera supervivencia. Aunque también cabe la posibilidad de que el producto consumido se haya hecho para tal menester, es decir, que desde su origen la música o el libro haya sido proyectado para un trato con el oyente o el lector de usar y tirar. Es la sospecha que nos sobreviene al leer la primera página (para nosotros también la última) de algunas novelas o escuchar las primeras notas (a menudo, ay, condenados a que no sean las últimas) de tantas canciones. Contrariamente a la búsqueda de la pervivencia que animaba en otro tiempo las obras, estas parecen ahora reclamar a gritos el olvido. Sin duda tal destino tiene que ver con la velocidad con que hoy se hace todo. “Quien vive de prisa no vive de veras”, canta el verso de Santos Chocano, tal vez porque la celeridad propicia que el hombre viva un puro presente desgajado del pasado y del futuro. La consecuencia es que el individuo pasa de puntillas por las cosas sin ser afectado por ellas, produciéndose así un déficit de experiencia, cuyas manifestaciones van desde el turista que fotografía lo que es incapaz de experimentar a la superficial lectura de picoteo que hacemos en internet (”mariposeo cognitivo”, la llama Vargas Llosa).

Esa falta de experiencia explica el afán por el selfi. En él no se trata tanto de mostrar a los demás la intensidad de un momento de nuestra vida cuanto del intento por convencernos de que estamos, por fin, viviendo. La palabra (de “self”, “auto” o “a sí mismo”) ilumina otro aspecto de esa actividad: su tentativa de aferrarse a una identidad que sentimos que se nos escapa. Pues la estabilidad de ese mundo hecho de cosas perdurables del que hemos hablado hace que nos sintamos en él como en nuestro hogar y, por tanto, que nos reconozcamos a nosotros mismos, que sintamos la seguridad de nuestro yo. Un entorno estable permite un sujeto que, alejándose del cambio incesante inherente a lo natural, conquista su unicidad. Si las cosas de ese mundo (obras de arte, sí, pero también sillas, mesas y demás objetos que están hechos para acompañarnos en la vida) son diseñadas, mediante la obsolescencia programada, no para durar sino para desaparecer inmediatamente, no para que nos acompañen sino para ser consumidas, nos quedamos a la intemperie. Y un sujeto a la intemperie se disgrega, no sabe ya quién es. Por eso un famoso sociólogo ha propuesto la figura del refugiado como figura de nuestro tiempo. Y también por eso las identidades que se exhiben tienen en común su afectación, como si se luchara por recuperar un yo que tenemos la impresión de haber perdido en alguna parte del camino que nos ha llevado hasta el presente.