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domingo, 18 noviembre 2018
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José Manuel Serrano

El “biscotto” andaluz

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    En semanas de Mundial la jerga propia del fútbol se expande libre e, incluso, los no iniciados se aplican con sus reglas, palabrería y tópicos de un deporte sin fronteras, simple en su esencia, que solo se complica en el relato, a la hora de las acotaciones. A punto de terminar la primera fase, entran en acción resultados de terceros y posibles “acuerdos” por aquello de no hacerse daño mutuamente. En Italia, maestros en todas las artes, tienen una amplia tradición de tongos, amaños, apuestas pactadas en cualquier disciplina donde pueda brillar el dinero y no alcance la mano del Estado. De esa rica tradición nos llega la sonora palabra “biscotto” que pulula por las redacciones, deportivas o no, para señalar las posibilidades de pacto bajo cuerda para seguir el camino mundialista y de paso dejar atrás a algún temido enemigo. El italianismo significa, directamente, galleta. Y es el apaño tradicional español de toda la vida o, más certero, pasteleo entre contendientes. Está ligado al fútbol, que como la vida misma tiene también sus pozos de ambición, sus corruptelas, sus personajes en la sombra y de un tiempo a esta parte las temidas apuestas globales. El “biscotto” viene por aquello de que en las carreras de caballos se dopaba a determinadas monturas dándoles galletas adulteradas.

    En política, las elecciones son una suerte de mundial, donde cada cierto tiempo —en ocasiones también cada cuatro años— los partidos tiran de seleccionados para hacer los equipos más solventes. Los apaños entre partidos suelen ser previos y cristalizan con acuerdos de gobierno y ahora que, de nuevo, suena a lo lejos la fanfarria electoral se producen acercamientos y distanciamientos singulares. Susana Díaz, centradas todas sus energías en revalidar el poder en su reino, se distancia ahora de la cohorte de Ciudadanos, se acabó el pasteleo, y baja al trastero a buscar entre las cajas apiladas un nuevo argumentario para “enfrentarse” al Gobierno socialista de Pedro Sánchez, para más inri. Al calor de la deuda histórica y la financiación autonómica hay que buscar nuevos trajes. Ciudadanos, a su vez, tras el gran pacto andaluz, se tiene que distanciar del abrazo del oso socialista para no acabar como un Partido Andalucista cualquiera, sin ropaje electoral alguno, zaherido. No es lo mismo, pero toca alejarse como de agua hirviendo de la etiqueta de apoyo del gobierno “susanista”. En busca de un peso específico parlamentario se encuentran dos en la carretera, Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo, con parada en Jaén, donde arremetieron, al alimón, contra lo que consideran el régimen clientelar socialista y sus “llamadas al orden” estilo Irene Sabalete a la que dedicó, es un decir, unas rimas carnavaleras la secretaria general de Podemos Andaluz. Rodríguez está empeñada en marcar un acento particular a la marca, a pesar de los reparos madrileños, y ha encontrado en el líder de Izquierda Unida una buena pareja de baile. Maíllo todo un imán, con esa buena oratoria que parece hereditaria en su partido, ruega a la presidenta que abandone el “quejío” de los últimos meses contra el Gobierno y haga algo más, “los lamentos están muy bien para el flamenco”. Mientras en el escenario andaluz se tocan todos los palos, en Jaén se cogen las posiciones de salida para el “concurso de talentos” para gobernar la capital. En el PSOE, ahora sí, tras las primarias, es el momento de Julio Millán, el relevo natural ya rodado y con otra mirada para la capital. La integración con los sanchistas, según Francisco Reyes, no interesa a la ciudadanía. Amén. En el PP, una vez depurada o no el agua de las fuentes, le toca al alcalde, Javier Márquez, salir a la palestra pública para mover el árbol y, en el peor de los casos, podarlo. El balón rueda y es el momento, como apuntó Menotti en su día de España, de decidir si se quiere ser toro o torero. El pasteleo vendrá después.