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sábado, 18 mayo 2019
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URGENTE
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Teresa Viedma

Cuidado con el perro

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Traición, la simple mención de la palabra produce rechazo o desprecio en cuanto que quebranta un compromiso de lealtad y rompe la confianza depositada en pareja, amigos o compañeros de trabajo que, como Atila, rey de los hunos, pisotean inmisericordes con la burda finalidad de ser más o guardar su silla. Decía Francesco Petrarca que todo el mal que puede desplegarse en el mundo se esconde en un nido de traidores. Muy cierto. Las páginas de la historia están salpicadas de sangre y lágrimas vertidas por sus acciones, como Judas Iscariote, paradigma de la traición más absoluta que selló con un beso y cuya recompensa fueron 30 monedas de plata, o Bruto, que apuñaló a César quien con cara de estupor exclamó: “¿Tú también hijo mío?”. Sí, él también. Empezamos a escarbar y llegamos a la triste conclusión de que no puede uno fiarse ni de la sombra que lo cobija; está claro que a perro traicionero no puedes volverle el trasero... Se hace necesario cuidar la retaguardia. La lealtad es un don escaso, una meta olvidada y arrinconada por el ego más sucio y nauseabundo. Así que, si encuentras a alguien cuya afición no sea apuñalarte por la espalda, cuídalo, presérvalo y ámalo. Se trata, sin duda, de una “rara avis”.