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sábado, 17 noviembre 2018
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Imagen FRANCISCO ZARAGOZA
Francisco Zaragoza

Cuando la tierra tiembla

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Ayer mismo, domingo 15 de abril, Claudia Cardinale, una de las grandes estrellas del cine italiano, cumplió ochenta años. Lo hizo sobre las tablas de dos teatros napolitanos, el Augusteo y el San Carlo. En el primero, interpretando su papel en “La extraña pareja”, de Neil Simon, un homenaje al que fuera su marido, el director napolitano Pasquale Squitieri, recientemente fallecido. Más tarde, la hermosa protagonista de “El gatopardo” recibió la admiración rendida del público en el maravilloso y borbónico Teatro San Carlo, tal vez el coliseo de ópera europeo con una acústica más precisa. Las butacas tiemblan cuando el público estalla en una ovación interminable, es la respuesta del terciopelo ante la belleza hecha carne, música, danza, canto o escenografía. Y en esto son maestros absolutos en la tierra de Bellini, Verdi, Rossini o Donizetti.

Cierras los ojos y ves a la Cardinale bailar un vals interminable en brazos de Burt Lancaster o de Alain Delon, derretido ante tanta “bellezza”. Y el San Carlo temblaba ayer noche. En una tierra acostumbrada a los temblores de tierra. Los terremotos forman parte de la historia y la cultura del mezzogiorno. Y la gente te habla de ellos con naturalidad, a poco que les ofrezcas el menor pie. En Ischia, de origen volcánico como la mayor parte de las islas italianas, hace un año los observatorios registraron que la cumbre del territorio había ascendido un metro como consecuencia de un movimiento sísmico. Las casas han bajado de precio. Hace una semana en la región de las Marcas la tierra acusó los 4’6 grados del estremecimiento, agrietando docenas de edificios ante la mirada de una población asustada pero que filosofa al borde de la tragedia. “¡Meno male!”, se consuelan, ante una escuela que habrá que demoler. Porque la tierra quiso temblar de noche, cuando los escolares estaban en sus casas.

El recuerdo de las catástrofes históricas, ya registradas en los libros y en la memoria, suaviza la reacción ante estos temblores. Los más jóvenes recuerdan los trescientos ocho muertos de L’Aquila, en abril de 2009, víctimas de aquel fatídico 6’3 grados. Nunca borraré de mi memoria mis dos días deambulando entre los escombros cuando habían pasado tres años de la tragedia. En Nápoles hablas de terremotos y se aviva el recuerdo de aquel 23 de noviembre de 1980, cuando a las ocho en punto de la tarde, justo cuando los teatros abrían, pareció que las pinturas barrocas de sus techumbres se venían abajo. La ciudad resistió. Luigi di Filippo, el último heredero varón de la dinastía de Edoardo, evitó que el pánico cundiera entre los espectadores, salvando vidas. Lo recuerdan ahora, cuando acaba de fallecer en Roma, a los 87 años, haciendo teatro, sobre una silla de ruedas, hasta semanas antes de morir. Parece que il mezzogiorno italiano, el sur, posee una rara capacidad para endulzar la tragedia, como si las erupciones históricas del Vesubio, capaces de tragarse Pompeya y Herculano, les hubiesen vacunado contra el espanto. Y te hablan con naturalidad de cómo la ciudad romana de Baia se ha ido hundiendo en los últimos siglos, con sus esculturas, sus monedas y sus vasijas en los depósitos, bajo el suelo de las casas. Con naturalidad te cuentan cómo el lago Averno, el lago de Fusaro o el Mar Morto han surgido en los últimos tres mil años de historia, en medio de los Campi Flegrei –Campos Llameantes–, tierra de volcanes, sobre los que la vocación por la belleza levantó anfiteatros, templos, museos, el Antro de la Sibila, o excavó en el tufo –a roca dorada que se deja arañar– catacumbas, ciudades subterráneas o cementerios asombrosos como el de “Le Fontanelle”, testimonio espectacular sobre la huella de la peste en la capital partenopea. De regreso a mi terruño, traigo dentro esa actitud senequista de los italianos del sur cuando la tierra tiembla por costumbre. En Peal, Jódar, Larva, Torreperogil, empezamos a incorporar en nuestra cabeza que la tierra tiembla. Porque está viva. Como nosotros al enamorarnos. Visconti, enamorado del sur, lo intuyó en el inicio de su carrera. Filmó en Sicilia su primera obra maestra, “La terra trema”. No precisa traducción. Y sigue vigente. En todo.