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domingo, 11 noviembre 2018
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Juan Espejo González

Bulla, cultura y esparcimiento

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  • 30 bandas. Así estaba la plaza de Santa María de Cazorla ayer sábado, a rebosar de buen rollo, disfrutando de las actuaciones del XXIV Festival de Blues.
    30 bandas. Así estaba la plaza de Santa María de Cazorla ayer sábado, a rebosar de buen rollo, disfrutando de las actuaciones del XXIV Festival de Blues.

No hay excusas para salir y entrar y volver a entrar y salir y no cansarse nunca de viajar, que ya decía Cervantes que el mundo es de quien vuela por esos mundos de Dios, sea de verdad o con los libros. En todo momento y en cualquier circunstancia hay que viajar y conocer, viajar y disfrutar, viajar y dejarse llevar por Jaén, pero especialmente en julio. Jaén en julio es plena bulla, ebullición musical preñada de cultura de calle y esparcimiento, mandar de verdad los problemas a la puñetera vía y dejarse llevar por la música de los sentidos. Pasó el fin de semana en Torreperogil con el festival “Un mar de canciones” y ahora mismo, Cazorla no es solo arte y naturaleza, que miles de entusiastas del blues y del buen rollo se divierten allí a cuenta de un festival que nació del trabajo de dos amigos y ahora multiplica seguidores por decenas de miles con la música negra (y blanca) que cada año nos sorprende más. Hasta 30 bandas, de todos los colores musicales, con Billy Gibbons como actuación estelar y con guiños setenteros como Tequila o novedosos grupos que ahora emergen, caso The White Buffalo. No hay que cansarse de dar la enhorabuena a quien bien lo hace y muy especialmente en quien bien coloca a la cultura como epicentro de su movida, en este caso la música en todas sus variantes y con escenarios tan llamativos y distintos como un auditorio, la plaza de toros, el teatro o junto a las ruinas de una iglesia. Así las cosas, se producen acontecimientos que se transportan vía digital por las autopistas de la información y somos “trending topic” desde Jaén al mundo y un pueblo de siete mil almas reverdece de cualquier atonía pasajera. Con el Blues de Cazorla no hay quien pueda y ni crisis económicas ni fallos en las subvenciones han podido tambalearlo porque la gente lo ha hecho suyo, está incrustado en el ‘ADN’ de gentes de unos lugares inimaginables y además de vivirlo, por supuesto, lo más bonito es contarlo.