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lunes, 24 septiembre 2018
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Juan Miguel Espejo Torres

La importancia de los escépticos

Escrito por:

Juan Miguel Espejo Torres

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Mi súper héroe favorito siempre ha sido Scott Summers, por cómo terminan convirtiéndolo en aquello contra lo que siempre luchó. También porque actúa limitado, nunca libera todo su poder. Y, como miembro de la Patrulla-X, su nombre de combate es Cíclope. Canciones para el vino es mi máscara, el álter ego con el que me identifico y que recoge cómo quiero yo verme realmente. Pero también es la forma en la que tengo la suficiente confianza para encararme con el despiadado mundo real. No elegimos lo que nos toca vivir, pero sí cómo lo afrontamos. Y mi tiempo es el de la Posverdad, para los de las carreras de sociales que tanto gustan de nombrar las cosas; el de la Desinformación, para todo aquel acostumbrado a someter ovejas a sus diarios caprichos; o el del No Dogmatismo para, los que como yo, pensamos que la diversidad enriquece.

Aunque este tiempo necesita de escépticos, de gente que filtre todas esas voces. Ésos no son yo sigo a @fulanito y todo lo que diga está bien. No, esos filtros son personales, y se trabajan día a día, y cogen, de todos sitios, esto y aquello otro que les pueda servir. Las fuentes han de ser diferentes, la lealtad, siempre se termina pagando. No estoy defendiendo a los críticos, ni a sus recomendaciones navideñas. Tampoco a los reseñadores y sus así juega. Y ni mucho menos, a los divulgadores, que no son más que vendedores vestidos de calle y publicistas disfrazados. Estoy apostando por los que trabajan lo que dicen. Por los que hacen. Estoy rompiendo una lanza a favor de las opiniones propias: las trabajadas, las que no valieron, las que fueron superadas, las que aún no tenemos, las que, tras pensarlas mucho, asumimos e incorporamos. Estoy apostando por todas ellas. ¿Y qué por qué voy a hablar de juegos de mesa, en lugar de libros, música o películas, que son cultura de verdad? Porque creo, que ya va siendo hora de que crezcáis y no penséis igual que hace cuarenta años. Simplemente por eso. ¿Tú no? Bueno, para ti tengo el paquetito especial compuesto por gente peor hablando mal de otra, copas los fines de semana y, confesiones con un amigo imaginario los domingos, donde puedes expiar todo cuanto pecaste. Fuera están tus similares fanáticos tirapiedras. Y no vayas a olvidar todos tus prejuicios al salir. ¡Gracias!

Si nos fijamos en la ley que rige al mundo actual, oferta y demanda, quedan claras las dos posibles formas de entender un producto. Empecemos, enfocándolo desde la demanda. Cuando uno entra a valorar alguna cosa, lo peor puede hacerle, es categorizarla. Pero claro, en la era de la especialización, poco más se nos va a ocurrir, ¿verdad? Recuerdo cuando salió la película de “Capitán América: el soldado de Invierno”. Las páginas de los periódicos, webs especializadas o cualquier otro medio, estaba lleno de “críticos profesionales” diciendo que era la mejor película del Capitán América jamás hecha. ¿Era mentira? No, ni mucho menos. La construcción de la falacia venía de la escala usada: estaba siendo comparada con su precuela, la cual es horrible. Aquí ocurre igual. Las categorías son para acomplejados, para los que no pueden optar a otra cosa, para los que, a pesar de saberse inferiores, quieren tener la medallita de campeón. Claro, ¿os suena el aquí todos ganamos? Si algo es bueno, es bueno incondicionalmente. ¿Qué hay que entender que “Leo va al barbero” es un juego infantil y que “Terraformando Marte” es exclusivo para los que gustan de administrar recursos? Que sí, que sí, pero si quieres destacar, juega con los grandes. Si quieres ese reconocimiento de recomendado, gánatelo, no vayas a lo fácil. Yo también, si quiero la pegatina de más guapo del edificio, me voy al bloque de mis abuelos y presumo muy a gusto. Yo, a esto me niego a darle importancia alguna, pues viene de abajo hacia arriba, desde donde se impone por parte del propio consumidor: dame mi dosis, que yo te la pago, y los dos contentos. Como ya dije, la demanda como argumento, para los fanáticos.

Veámoslo ahora, desde la oferta. En ésta, se ve al juego según su función. Pues esto los convierte en meros instrumentos con utilidad. Veréis, yo estoy camino de graduarme en ingeniería naval, y como tal, cuantas mayores herramientas tenga a mi disposición, con mayor efectividad, resolveré el problema planteado. Aquí ocurre algo parecido, pues el enfoque surge de las editoriales, queriendo llegar a los más de siete millones de personas que hay en el mundo. Vistos todos esos clientes potenciales, surgen los “juegos introductorios”, el Quijote para niños o “física nuclear para dummies”. ¡Pero hombre, a alguien que empiece en el mundillo, cómo vas a darle un juego con un manual de 600 páginas! Ahí está el problema: que con cuarenta años alguien quiera empezar. Imaginad a alguien que no ha leído en su vida. A depende de qué edad, el “Micho”, para aprender a leer, ya no le sirve. ¿Me he pasado? Vale, ¿a qué el cine si lo tenemos más interiorizado? Y es que la vida es una sucesión de momentos. Sin embargo a este utilitario maquiavelismo, hay que añadirle, que al igual que pasa con las tecnologías y el desfase que sufren con el tiempo, los juegos, superables, año a año, van siendo herramientas más precisas, y ese “Monopoly”, que servía como introductorio, fue superado. Pero amigas editoriales, ahí está el negocio, apostad por ello y creceréis. Sacad el “Catán” y sus reediciones año a año y la rueda, seguirá girando. Lo siento pero tampoco es para mí.

Desarmados los autoproclamados argumentos más comunes, quiero plantear la forma que yo utilizo: la intencionalidad. Lo que ocurre cuando el autor quiere decir algo y lo hace como quiere. Recoge su experiencia personal, todo ese camino propio al que llamamos vida y lo ha hecho llorar, amar, odiar, escupir, y lo transforma en una perspectiva nueva de cómo él ve las cosas. Es algo único movido por exclusivamente por el afán de compartir esa visión personal que tiene. Esos tres colores primarios que fueron; esos millones de colores de los ordenadores que son; esas infinitas melodías que sonarán. Ésa es mi forma de juzgar los juegos. Como obras propias e independientes que propongan una mirada distinta. Esta gente se conoce como artistas en cualquier género y aquí, no son distintos.

Puede ser que alguien quiera valorar el tema del precio, pero para mí, carece de punto debatible. Pues el arte, como la cultura, carece de precio, y la barrera económica, no deja de ser un impedimento para el crecimiento humano. El quién lo paga o qué se reconoce como la misma, son problemas que dejaremos para otro día. Luego un juego, como yo quiero considerarlo, sin complejos, tiene que tener detrás algo más que diversión, no puede ser sólo eso, tiene que ayudar a los que vengan después, tiene que tener una intención, tiene que marcar a los que pasen por él. Recordad, por la cultura se lucha, por el consumismo se paga y, por el fanatismo, se muere.