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sábado, 17 noviembre 2018
17:18
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URGENTE

Ni su familia ni sus amigos podían imaginar que, con su carrera profesional perfectamente definida, pudiera, de la mañana a la noche, dar un tremendo giro y dedicarse a algo completamente distinto. Sin embargo, eso es justamente lo que hizo María del Amor Quesada Colmenero, una jiennense, madre de tres hijos, para la que la felicidad es la única verdad que el ser humano ha de perseguir con pasión y una amplia sonrisa de bienvenida. Estudió en el colegio Cristo Rey y en el Instituto Santa Catalina de Alejandría de la capital. Más tarde, en la Universidad de Córdoba, se licenció en Derecho y orientó su carrera profesional a ejercer la abogacía y a la administración de comunidades. A ello dedicó quince años hasta que, un buen día, un simple letrero de “Se alquila” en un edificio de los Jardinillos le hizo cambiar de opinión.

—¿Qué ocurrió?

—Siempre he sentido curiosidad por el sector inmobiliario —dice sin poder contener la risa—. Cada vez que leo un cartel de “Se alquila” o “Se vende” no puedo evitar llamar y preguntar los precios. Aquel día fui a ver el local; era una primera planta con una luz increíble... Quedé fascinada y, de repente, me sorprendí murmurando: ¡Qué maravillosa tienda de vestidos de novia! Sin embargo, María del Amor, absorta en su trabajo y en su familia, nunca había sentido atracción por el mundo de la moda. “Hay momentos en los que necesitamos un cambio; lo importante es saber escucharnos. Me sentí atraída por ese local y me bastó verlo para soñar con una vida más acorde con lo que yo soy realmente”, afirma.

—Y ese fue uno de esos momentos...

—Sí, unas cosas conducen a otras... Poco tiempo antes, durante la enfermedad de mi madre, solía acompañarla a quimioterapia y esa experiencia tan triste me hizo más fuerte y decidida. La visión de mi madre luchando por su vida me hizo tomar conciencia de que no podía perder más tiempo. Tenía que ser valiente y pelear por aquello que me hiciera sentir una mujer plena de verdad —confiesa. Salió de aquel local con una idea rondando por su cabeza y pensó que, realmente, no sentía ningún miedo; lo único que necesitaba era encontrar una socia, alguien que quisiera volar con ella en esta nueva aventura. Le reveló a una amiga sus novedosas intenciones de poner una tienda de novias y esta le habló de una persona, una mujer que estaba interesada en ese tipo de negocio, Charo López. No se conocían de nada, las presentaron, congeniaron y hace ya catorce años que son socias, amigas y prácticamente hermanas.

—¿Por qué precisamente vestidos de novia?

—Los administradores de comunidades normalmente solo reciben quejas, es lo más común. Cada vez que abría la puerta me encontraba con una mala cara y me pregunté por qué tenía que hacer necesariamente algo que me impedía sonreír. Sin embargo, ahora, cada vez que se abre la puerta y entra una novia, veo en su rostro esa sonrisa que tanto anhelaba. Soy una mujer positiva y feliz; me gustaría que los demás también lo fueran. Por eso cambié de actividad, para vender ilusión. Después de unos años con una marca en exclusiva, y ante la crisis económica, decidieron que, en los momentos difíciles, había que arriesgarse y trabajar duro. Se trasladaron a otro local en Ignacio Figueroa, ampliaron la oferta de marcas, estilos y precios. Ya no solo vendían trajes de novia, sino también de fiesta y comunión. Nació “Franca Luna Novias”. Mientras conversamos, una chica, ya no tan joven, entra a recoger su vestido. María del Amor la saluda, conversan, ríen y se despiden con un abrazo. “Ahora las mujeres se casan más tarde, sobre los treinta y tantos, pero da igual la edad, o si la ceremonia es religiosa o civil, o si se trata de la primera o la segunda boda; la ilusión es la misma”, comenta. María del Amor Quesada es una mujer elegante, divertida e inquieta; de sonrisa contagiosa, abierta y positiva. En su tiempo libre le gusta viajar, conocer otras culturas, conversar con sus amigos, pintar al óleo y disfrutar de sus hijos. Cambió el despacho por una tienda de novias porque necesitaba seguir siendo auténtica, y cada vez que se abre la puerta y ve el rostro ilusionado de una mujer, siente la irresistible fuerza de esa sonrisa con la que se despierta cada mañana y piensa que, efectivamente, hizo lo correcto, no se equivocó.