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sábado, 17 noviembre 2018
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URGENTE

Siempre en marcha, Luisa González

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Todos la conocen por Luisa, de manera que, cuando su madre, con voz firme, la llama “Luisa Mari”, tiene claro que ha conseguido enfadarla. “Basta con tener tus propios hijos para saber que, cuando una madre se pone seria, motivos tiene”, afirma.

Luisa María González Navarrete, navera de nacimiento y de corazón, dejó muy pronto el colegio. Quería ser independiente y no le asustaba el trabajo duro.

—¿Qué opinaron sus padres ?

—¡Ni locos querían que dejara de estudiar! Pero confieso que fui una adolescente rebelde. Debería haber estudiado más, pero soy de esas personas que creen que no merece la pena llorar sobre la leche derramada...

—Una mujer práctica...

—Mucho...

—¿Romántica?

—¿Yo?, no... ¿Para qué?

Su infancia fue muy feliz, unos padres bondadosos, mucha alegría en casa...

“No he penado”, declara.

Con apenas 18 años se fue a Murcia a trabajar en el campo, recogiendo melones, cortando apio. “Una labor bastante jodida” —me dice entre risas—. “Las mujeres hacíamos unas faenas, los hombres otras. Ambos trabajábamos de sol a sol, pero con una distinción clara: nosotras cobrábamos bastante menos.

Se casó muy joven; decidió convertirse en empresaria y dedicarse a la hostelería ambulante. De profesión, feriante. Cada año, al llegar la primavera, coge carretera y manta y recorre las ferias con su caravana y su bar itinerante. Membrilla, Tomelloso, Argamasilla de Alba, Bolaños de Calatrava, Baños de la Encina, Torrequebradilla o Villargordo son, entre otros, los municipios que forman parte de su recorrido. En estos meses da trabajo a unas nueve o diez personas, entre camareros y cocineros. No obstante, Luisa no se sienta a mirar; organiza el trabajo de todos, controla hasta el último detalle y cocina. Su marido, Juan Carlos, en el asador, ella, en la plancha. Se levanta temprano para disponerlo todo... y, sin parar, hasta la madrugada.

—¿Un trabajo duro?

—Bueno, los hay más duros. Cuando acaban las ferias voy a la aceituna y te aseguro que es mucho peor... ¿Pero sabes qué es lo más duro de todo? Ser madre y tener que separarte de tus hijos para ir a trabajar... Nada es comparable a eso...

Son ya 17 años los que lleva en este negocio. Solo había transcurrido uno cuando dio a luz a su hija Aránzazu, que cumplirá los 16 años en agosto, y, apenas cuatro días después del parto, tuvo que dejarla al cuidado de su madre para ir a trabajar. Cuando volvió a verla había cumplido ya los tres meses.

“Mientras eran pequeños no los pude llevar conmigo. Por eso, a veces viajábamos varias horas para darles un beso en la cuna y volvernos...”.

—¿Ahora la acompañan?

—Sí, hace ya años que pasan las vacaciones de verano viajando con nosotros, de feria en feria, o de romería en romería, en la caravana. Aránzazu es muy estudiosa y me ayuda mucho; Juan Carlos tiene once años, aún es muy niño. Le encanta el fútbol y se entretiene en las atracciones de otros feriantes amigos... Pero están ahí, con nosotros.

—¿Le gusta su trabajo?

—Sí, realmente me gusta; tengo muchos amigos allá donde voy... Y ahora que los chicos vienen con nosotros y, por el mero hecho de poder verlos cada día, el trabajo se me hace bastante más llevadero.

—¿Se ha notado la crisis en este negocio?

—Sí, por supuesto. Llevamos un par de años mejor, pero hemos pasado “las de Caín”... La gente consumía menos: pedían solo un pollo, incluso medio... Y algunas parejas te decían: “Luisa, ponte una cerveza y dos vasos”. Pero hay que estar para todo, para las duras y para las maduras...

La ilusión de su vida es hacer un crucero por el Mediterráneo, los cuatro juntos, disfrutar en familia, tal vez visitar Italia, comer pasta... y ver a su hija en la universidad, quiere estudiar Fisioterapia. Es una mujer fuerte, trabajadora y de carácter. Reconoce, entre risas, que, en ocasiones, tiene lo que se llama “un pronto malo”. Le encanta leer e ir al cine y, si la película es de terror, tanto mejor. “Si son de llorar, no voy... ¿A cuento de qué voy a pasar un mal rato?”, me pregunta cargada de razón.

Una mujer directa y clara, de las que siempre ven el vaso medio lleno. “No he penado”, me había dicho. En esta vida unos se quejan tanto y otras, tan poco. Sí señora, medio lleno.