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miércoles, 19 septiembre 2018
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Juan Espejo González

Agosto, sofoco real y administrativo

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    Desde hace tres semanas hay problemas de abastecimiento de agua potable en El Condado, lo que sumado a la ola de calor que nos asola, de verdad verdadera, hace de esta bella comarca un infierno al que las administraciones públicas no logran dar solución. Frente a los entusiastas mentecatos que dijeron que en dos días estaba normalizada la situación y solventado el grave problema, los agoreros de ahora que predicen soluciones temporales a un mal que no tiene fin, porque si en estos momentos se trata del exceso de trihalometano (compuesto químico que surge espontáneo del proceso de potabilización) otras veces ha sido el exceso de herbicidas en la corteza terrestre del olivar arrastrada a los manantiales por las lluvias. Así las cosas, es inconcebible a estas alturas que una situación de este tipo no logre ser superada, dado que, por un lado, vivimos en el primer mundo, supuestamente Jaén también y, por otro, estamos ante una situación reiterada, fallo del sistema, que debió ser apuntalado con medidas correctoras a largo plazo. El santo Job tiene traslación colectiva en esta comarca y cada uno de sus vecinas y vecinos son ejemplo de resistencia sin alzar la voz, de tirar para adelante sin liarse a palos con nadie, lo que ahora se llama resiliencia, de la que Jaén está tan doctorada. Hay quejas, pero no hay dramas políticos, por lo que los alcaldes, el primer eslabón de la cadena administrativa, el más débil, el menos valorado y el menos dotado económicamente, se presentan ante su pueblo con un irresoluble problemón, elemental además, el de abrir el grifo y que salga agua. Las empresas de camiones cisternas están haciendo su agosto (siempre hay quien gana en los problemas de los demás) y son los camiones cisterna la solución al problema tan momentánea y pasajera según se dijo que suena a choteo. Con el pan de la gente no se juega, con el agua que nos da la vida no se puede tener paciencia administrativa. Empezamos agosto con sofoco real y, desde luego, bochorno administrativo.