Son muchos los peroxileños que llevan grabado en su ADN, con el mismo hierro de marcar las reses bravas, valga la metáfora, su afición por la tauromaquia. Prueba de ello es la gran alegría y entrega que demostraron los tres últimos días de feria, que concluyó ayer, con la suelta de vaquillas en la Carrera. Cada uno de estos tres días se soltaron cuatro reses bravas, procedentes de la finca de Pedro Tito, que pastan en la comarca de El Condado.

El último día de feria se abrió, como no podía ser de otra forma, con el tradicional “toro del aguardiente”. Se llama así porque, desde siempre, mozos y público en general acostumbran a echarse una mañanera copa de aguardiente “para entrar en calor”, disipar miedos y despertar el valor.

Estas fiestas patronales se celebran en honor de San Gregorio, que es copatrón junto con Santiago, y de la Virgen de la Misericordia. En ellas, desde siempre han destacado los encierros de reses bravas, por la mañana, y el toro de fuego, por la noche.

La suelta de reses bravas comenzó a las nueve y finalizó pasado el mediodía, en torno a la una de la tarde. Aunque lo taurino es el motivo sobre el que gira la fiesta, las sueltas, como dice Antonio, vecino de Torreperogil, “es un lugar de encuentro, ya que la gente en general y los aficionados conviven en ese espacio”. Algo grande en lo que se vuelcan los vecinos y que, en los últimos años, es mucha la gente de fuera de la provincia de Jaén que acude atraída por el buen ambiente.

Para las sueltas se habilitó un espacio, un macro rectángulo vallado, en el descampado que hay en mitad del pueblo y al que llaman la Carrera. Acuden maletillas con sus capotes para dar cuatro capotazos bien dados y lucirse ante el respetable. También son muchos los aficionados que se atreven a correr ante los astados.

Al tratarse de una actividad no exenta de alto riesgo, durante los tres días se articuló un dispositivo de seguridad integrado por Guardia Civil, Policía Local, Policía Autonómica y Protección Civil. Las tres jornadas de sueltas discurrieron sin incidentes, salvo algún que otro revolcón con contusiones que precisaron atención médica en el centro de salud del propio municipio.

Feria de Día. Una vez concluyeron las sueltas, comenzó la llamada Feria de Día, en torno al Paseo del Prado, que es la plaza más céntrica e importante de Torreperogil. En torno a ella se celebra todo, porque es el corazón de la fiesta. Allí estaba la carpa gigante e “infinidad” de barras, terrazas y bares. Suficientes para disfrutar del vino, que en Torreperogil es de excelencia, de cerveza bien fría, refrescos y, cómo no, de una exquisita gastronomía, en la que destaca, por ser muy típico, el ochío de morcilla. Son muchas las jóvenes y de más edad que aprovechan la Feria de Día para lucir palmito vestidas de gitana o flamenca.

Al comenzar la noche salió el también tradicional toro de fuego, al que le da vida un hombre, que increpa a los asistentes bajo un artilugio metálico que ya ha visto bastantes ferias, corre cubierto con una funda de toro plagada de “ratones”, que son una suerte de petardos parecidos a las bengalas pero que salen disparados volando sin orden ni destino. Este toro de fuego, que es solo para adultos por conllevar cierto riesgo, tuvo previamente una versión infantil, en la que, en lugar de “ratones”, solo se desprenden unas inofensivas chispas que causan el delirio de los niños. En la Feria de Noche ya no hubo verbena, sino ambientación de música tradicional. Puso el punto final a las fiestas, una gran traca en el Paseo del Prado.