• LOS ENCIERROS. <i> Dos instantáneas de cómo estaba la palza en los encierros del fin de semana en Santiago de la Espada, a rebosar.</i>
    LOS ENCIERROS. Dos instantáneas de cómo estaba la palza en los encierros del fin de semana en Santiago de la Espada, a rebosar.
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21/08/2018

ASantiago de la Espada se llega buscando sus múltiples atractivos, sus parajes naturales diversos, sus zonas boscosas, sus entornos fluviales, que son una explosión para deleite de los sentidos. Algunos llegan buscando la altiplanicie abrupta de los Campos de Hernán Perea, muchos a su pino Galapán, quizá el árbol más fotografiado de la provincia. Los hay que solo quieren perderse en sus múltiples pequeños núcleos diseminados a lo largo de un municipio inmenso en extensión, en Pontones, El Cerezo, Río Madera, Miller... Un buen número se acerca a ver cómo el río Segura brota de las entrañas de la tierra en un una deslumbrante sima. Lo cierto es que todos, sea cual sea su motivo, quedan impresionados por sus cielos estrellados durante la noche. A Santiago se llega y, como si ocurriese un milagro, el viajero no encuentra el momento para marcharse. Todas y cada una de sus maravillas llaman a acudir, pero en agosto hay un motivo más que invita a visitar Santiago a las miles de personas venidas desde rincones de todo el Estado, son sus encierros.

En Santiago de la Espada los encierros son mucho más que gusto por lo taurino, son un evento tan arraigado en el ADN de estos serranos que no se entiende la naturaleza de sus gentes sin ellos. Durante cuatro días todo fluye alrededor de un recorrido delimitado por un vallado seguro, en torno a una plaza, a un albero provisional. Este viajero se muestra impresionado por el grado de compromiso de todos sus habitantes, sin diferencia de edad, en aras de que todo se desarrolle bien sin perder un ápice de la tradición. La mejor prueba de ello es la existencia de decenas de peñas, las sociedades gastronómicas de este sur maravilloso. En cada rincón, a la vuelta de cada esquina, se encuentra un bajo, una casa, que por unos días se convierte en fiesta dentro de las fiestas. No solo se come y se bebe, se hace piña entre amigos, muchos venidos ex profeso desde sitios muy distantes; sin estas peñas, los encierros no serían ni posibles ni tan vistosos. Son los encargados de “patrocinar” cada encierro, procurando con ello que cada temporada sean mejores, con reses de mayor empaque. A media mañana, una vez transcurrido el tiempo justo para descansar un rato de una larga e intensa noche de fiesta, se sale al campo en busca de las reses y se les encamina hasta la entrada del núcleo urbano. Cuando llega el momento más esperado, se abre la puerta, cientos —en algún momento el número es de cuatro cifras— corren delante, los más valientes, y detrás, los más animosos, por un recorrido amplio al principio pero que se hace estrecho y algo más complicado al final, cuando se desemboca en el espectacular coso, la amplia plaza del Ayuntamiento. Los graderíos de esta plaza tan sui géneris son robustas estructuras de madera donde resaltan unos improvisados palcos construidos con troncos, listones de madera y algún que otro bidón. Cada uno de ellos luce un color diferente, tantos como peñas hay en el pueblo. Sobre la fachada del edificio consistorial, se levanta una estructura que sobresale del resto, es el territorio de la charanga que amenizará el momento: Los Pizarrines, de La Puerta de Segura, que deben hacerlo bien porque parecen haberse convertido en charanga residente año tras año. Si al mediodía fue el encierro, la tarde es el momento de la suelta, una a una, de las vaquillas que participaron en el encierro. Se abre el portalón de unas instalaciones anexas al Ayuntamiento y el albero se convierte un ir y venir de mozos corriendo delante o detrás de la res, siempre bajo la atenta mirada de un grupo de voluntarios expertos que están al quite de cualquier situación inesperada que pudiese devenir. Aunque siempre puede producirse alguna situación peligrosa, cabe reseñar que no es habitual que ocurra, si acaso alguna hocicada o tropiezo que requieren unas pequeñas curas. Ver a miles de personas en esa plaza, llena de color y con la falda de la montaña como telón de fondo al norte y la altiva iglesia al sur, da como resultado una fotografía de una gran plasticidad. Al caer la luz del día, tras el chorreón de adrenalina que produjo la tarde, llega el momento de recargar energías: comida, bebida y baile. Al alba tocará echar una fugaz cabezadita para un nuevo día de encierros.

Mirando a las gentes, sintiendo sus hospitalidad y generosidad, viene a mi mente que a Santiago se llega forastero pero se sale siendo un paisano más. Me siento honrado de dejar testimonio escrito de agradecimiento a Benito, guía excepcional que nos enseñó cada peña, a la Peña “El Tenguerete” por ese refrigerio que compartimos, por cierto quien guste de la buena morcilla que vaya y busque la mejor en casa de Pepa; a la gente de “La Jodienda”, que refrescó nuestro paladar, a los jóvenes de “El Quiebro” por darnos ese aire fresco. A Paco, que puso su bar a nuestra disposición. Como no, a Pascual, un alcalde a pie de calle, cercano, uno más entre los vecinos. Y sin lugar a dudas, al personal del Ayuntamiento que aún colmado de trabajo nos hizo todo mucho más fácil. Es un regalo salir de un sitio sabiendo que queda mucho y bueno atrás. Hasta pronto, queridos paisanos.