Diríase que se puede afirmar con cierta verosimilitud que, si hay un ejemplo claro y asequible de lo que se ha llamado científicamente la selección natural, este pueda ser un campeonato deportivo largo y, como se dice familiarmente, a cara de perro. La broma en que ha quedado eso de que venimos del mono, tiene que ser sustituida en serio en que el camino de la evolución, y por tanto del triunfo y el éxito, está en la selección natural, en el empuje que todos los contendientes ponen en cualquier refriega para subsistir y dejar atrás a los contendientes. Es lo que hace la naturaleza de manera automática y lo que los seres humanos imitamos con mayor o menor acierto. Porque, una vez se señala el comienzo del embate, solo queda poder más que el contrario. De no actuarse así, todos los empeños que puedan ponerse serán inútiles y llevarán, antes o después, al fracaso y a la eliminación en el juego.

Pues estos parámetros teóricos valen y se acomodan con todas sus letras al Real Jaén en todos sus ámbitos, en especial el deportivo, que es a fin de cuentas en el que confluyen todos los objetivos y todas las ambiciones. Porque, claro, si en esa carrera, competitiva quiérase o no, algún participante empieza a tirar por la borda las armas de que dispone para ganar, está haciendo lo que podríamos llamar una selección natural al revés, es decir, una renuncia plena a lo que constituye la razón de ser del deporte y, en este caso, del fútbol. Mucho se habla de las condiciones desiguales con que comienza la disputa, pero lamentable es que en plena carrera un club y un equipo se quede sin armas y sin bagages, como ha hecho el Real Jaén.

El partido ante el Vélez ha representado, como en un argumento escénico de aquellos autos interminables calderonianos, en que aparecen todos los que algo tienen que ver en el desenlace del argumento, todas las carencias y necesidades de que está desprovisto el tema deportivo que es el que aquí importa. Porque, dejando a un lado el desarrollo de los acontecimientos del encuentro, se apreciaba y se sentía que allí no había ni origen ni principio. En el partido al Real Jaén le ha faltado de todo. Desde una dirección que indicase el camino hasta un boletín de enganche que señalara los tropezones que ofrecía la ruta. Naturalmente algún acierto ha habido, como el pase de Higinio a la delantera, que en buena técnica, resultó al final decisivo. pero más allá de algún otro detalle, en el césped faltó vida, fe y todas las demás virtudes, cardinales y ordinales que estudiábamos en el catecismo.

Y lo del viejo “virgencita que me quede como estoy” porque poco faltó que el Vélez, espoleado desde el derrotismo blanco, a punto estuvo de quedarse con el partido y hundir del todo al Real Jaén. En opinión de algunos aficionados, hasta lo mereció.

Echó a andar el partido y tal como le correspondía al papel ceremonioso que le era propio en buena liturgia, jugar en casa y en unas condiciones tan singulares, empezó mostrando empuje y fuerza, de manera que generó una cierta ilusión en los aficionados presentes. Pero todo fue acabando en un fiasco porque esas cualidades iniciales se fueron evaporando como si fueran un diablillo juguetón y malicioso que acaba con la disolución de las cosas. Más de media hora tuvo que pasar para que le luciera alguna jugada de peligro frente a la meta contraria y, a fin de cuentas, ese fue todo el patrimonio ofensivo que se llevó al descanso. El equipo verde, por su parte, con los extremos cambiados, trató con serenidad de aceptar el envite blanco y se esforzó por quedarse con el balón a base de cortas y lúcidas combinaciones, que tampoco tuvieron eficacia en orden a la consecución de algún gol, que es de lo que se trata en este juego o deporte. Todo con un engranaje bastante condicionado por condiciones del terreno y del duro y difícil tiempo que hacía.

La segunda mitad no ofreció modificaciones esenciales hasta que se adelantaron los locales. Una cierta tensión de entusiasmo explotó entonces hasta el punto de que los blancos tuvieron a la mano reforzar el partido y el marcador. Pero en un fallo, humano sin duda pero ininteligible, toda esa electricidad se difuminó. Y desde ese momento el temor al desastre empezó a correr por todos los rincones del estadio. En esas condiciones el penalti fue una anécdota triste y lúgubre por muy dura.

Todo fue para los jiennenses como una marejada del mal, pero de un desorden que viene de antes y de fuera, y que está derrotando a todos los que andan esfrascados en el invento. “¿Sabes, cuando el agua suena, / si es agua de cumbre o de valle / de plaza o de jardín o huerta”, se pregunta Machado para responderse: “Despertad cantores. / acaben los ecos / y empiecen las voces”. Porque aquí todo está muy claro. Y todo se sabe.