Decía un aficionado del Real Jaén, a la salida del del campo de la Victoria, que, si en el último momento del partido dos jugadores de su equipo no se hubiesen interrumpido entre sí ante la portería contraria, a lo mejor hubiese conseguido un empate de los llamados milagrosos o resbaladizos. Hasta esta filigrana paradójica y contradictoria llegó la confrontación. Porque esta oportunidad y otras tres (¿dos, tal vez?) a lo largo del encuentro suponen todo el empuje con posibilidades de rentabilidad de un equipo, que ha sido superado ampliamente por los filiales del Málaga. Tampoco estos llegaron con soltura y frecuencia a la puerta de Arellano pero sus escasas correrías hacia adelante les bastaron para llevarse todos los puntos en juego.

Tras esta experiencia, y las dos anteriores, el fracaso se ha instalado en el espacio deportivo del Real Jaén. Por extraño que pueda parecer, historiadores hay que aplican la génesis de este terrible término a los resultados, por llamarlos de alguna manera, de la Armada Invencible. Palabra por tanto que nació relacionada con el naufragio y los resultados negativos. Y es que, tras un trayecto de catorce semanas, que sonaba a los triunfos romanos, aquellos que, por su relevancia, requerían la autorización de la máxima autoridad del Estado, el equipo blanco parece haberse inscrito en un curso de aprendizaje de lo que representa este término, en principio, tan enojoso. Porque perder, que también encierra su dificultad, hay quien afirma (¿con ironía?) que requiere igualmente su método y tratamiento, que no es nada fácil.

Empezó el primer tiempo con un aparente equilibrio, que se confirmó cuando, a los cinco minutos, el equipo de casa tuvo una de sus significadas ocasiones. Pero, como acontece con las flores de un día o de un rato, pronto quedó claro que el Real Jaén tenía enfrente un equipo sólido, encajado y con buena estructura interna, que le permitía moverse con frescura y, si a esa cualidad se le añade capacidad de presión y un punto arisco, excesivo a veces, la perspectiva futbolera dejó enseguida de pintar bien para el Real Jaén. Además, con un gol en contra y cargado de tarjetas, poco, futuro de triunfo y éxito se le presentaba.

Como se vio confirmado en el segundo tiempo, cuando todo el guion parecía una copia de la aventura anterior. Y ni siquiera se modificó el proyecto con la expulsión de un jugador malagueño. Ya habían marcado otra vez los visitantes y hasta algunos espectadores habían comenzado poco a poco a abandonar el estadio. No se preveía un buen final para el Real Jaén mientras crecía lentamente pero con firmeza el abandono ya iniciado. Por ello no pudieron gozar del gol del Real Jaén que, a las postrimerías, se presentó casi de afortunada sorpresa César Vallejo ha escrito lo de “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!”, que nada bueno pronostica. De todas formas al Real Jaén puede valerle lo que Charles Pepin dice del fracaso, que, mientras los éxitos son agradables pero encierran muchas trampas, el fracaso es el mejor y más solido camino para alcanzar la perfección a través del análisis de lo hecho y la utopía de lo que se podrá hacer. Gasquet, el pequeño Mozart del tenis francés, ganó a Nadal la final del campeonato de ases 12/14 años por la fuerza con que golpea la pelota y la agresividad que pone en el juego. Pero el español aprendió de aquel fracaso, dice el autor francés, y después le ha ganado los restantes 14 partidos que han jugado entre ellos. Así es a veces la vida