La locura de don Quijote revive la escritura de aquello que leyó, la fantasía de su moral. Cervantes escribe su vida, una historia del personaje cuerdo que es su persona más real. En las estéticas donde vivir y escribir confunden sus máscaras se escenifica empíricamente la dialéctica del mundo, el deseo que mueve la realidad de ficción de los yoes. Desde mayo de 1968, medio siglo ya en unos días, luchar colectivamente contra la razón capitalista parece quizá otra efemérides de nostálgicos sin fronteras ni conciencia de clase que parta del desnudo sensible de su intimidad. No: ya nada podrá ser como antes, cada quien tuvo su tiempo y hay que reconocer el fracaso. El sueño romántico avant la lettre de Cervantes, siempre tan barroco de oral, y el superromántico tardío del Mayo del 68, tan realista todavía, fueron imposibles. Vean los despojos de hoy: imitaciones del erasmismo español o de las canciones de barricada de una Europa que aún era joven cuando quiso transformar el mundo cambiando de vida. La esterilidad del arte la ha vuelto hereditaria nuestra moral de consumo: se permite robarle al Estado, a su ciudadanía, pero no se le ocurra levantarle nada a las grandes corporaciones, allí vende también su libro de postín la crème de la crème.