Ellos, repito ellos son nuestros padres o tutores o cuidadores y nos salvan la vida ¡tantas veces! Recuerdo dos de pequeña, una vez fue cuando mi madre usó su garfio de capitán Hook, ante un jamón que atascaba mi garganta y otra donde con la fuerza de Hulk, tiró de mi vida y de mi cordón suelto de zapato que masticaba una escalera mecánica. Ellos tienen superpoderes, enfrían la leche con un vaso vacío y un grifo. Son expertos en manualidades: algodón con manzanilla para tu oído, cucuruchos de papel para narices sangrantes y un trocito de algodón para ajustes de zapato al pie. Lo mejor es el escupitajo mañanero roedor de legañas, los labios que calibradores fiebre, y su acertijo desvelado: ¡te vas a caer! Pueden cruzar en rojo, porque advierten: esto no lo hagas nunca, ¡sin mí! El olfato es otro poder, para pechugas, camisetas y amistades. Abren envases de: garbanzos, gusanitos o incluso abre fáciles. Y tan venerado como recordado es su respeto, conseguido con una maniobra engañosa o no, de coger o no coger, de levantar o no levantar: su zapatilla. Arrancan sin tijeras, las etiquetas de camisetas, sin ningún rasguño físico para ellos, ni para la camiseta, es más ni para la propia etiqueta. Es por ello y para ellos mi admiración.