Aún recuerdo cuando aprendíamos esta retahíla de pronombres personales de la primera persona del singular, sin saber que íbamos a llegar al estadio social en el que estamos: la exacerbación del “monoteísmo yoico”, como único Dios que merece entrega y adoración absolutas. Y a ello contribuyen el nacimiento de técnicas milagrosas para alcanzar la felicidad personal, imbuidas de una abstinencia ética hacia el prójimo, juntamente con el narcisismo contemporáneo que nos invade; la mordaz publicidad que explota nuestro yo por encima de todo; los “selfies”; las redes sociales, que han provocado el surgimiento de nuevas corrientes espiritualistas, egocéntricas y moralmente aletargadas, en la que el único Dios y gurú es el Yo. La solidaridad, el amor al pobre y necesitado, la lucha contra la injusticia y la miseria están de más en este credo monoteísta moderno al enrocarse en su propia, agradable y fascinante felicidad, “ya que es lo que, al fin y al cabo, nos vamos a llevar de este mundo”, exclama una legión de sus creyentes, cual falso mantra. Y así nos va. Vamos expeliendo ejemplares repetibles en los que solamente palpita una preocupación: ser y estar “yo, mi, me, conmigo”.