Es una realidad por todos conocida el hecho de que nos encontramos ante un incierto futuro que es cambiante a velocidad de vértigo, desde que la industria 4.0 y la revolución digital se han asomado a nuestras desprotegidas vidas.

Empresas y particulares nos vemos abocados a consentir con auténticos “actos de fe”, las consecuencias derivadas de la transformación digital y de la irrupción del Big Data en las estrategias de gestión de las organizaciones, que manejando ingentes cantidades de datos y a través de procesos de automatización y de inteligencia artificial, consiguen procesarlos, analizarlos y extraerle valor para después y a partir de su conocimiento, tomar decisiones. Decisiones que les terminan enriqueciendo y que se sustentan en el manejo de la información, que en la mayoría de las ocasiones pertenece al más estricto ámbito de la privacidad, de todos y cada uno de nosotros.

Hoy me permito opinar sobre este tema, a colación del escándalo que ha supuesto el que haya saltado a la palestra la filtración de datos, que desde la red social Facebook se produjo a través de una empresa que en 2014 obtuvo datos de más de 50 millones de usuarios del gigante social media, y que presuntamente utilizó esa información para construir un programa informático destinado a predecir las decisiones de los votantes, en la pasada campaña electoral de Trump, en Estados Unidos.

Adelantos como la computación cognitiva están permitiendo extraer el conocimiento de millones de documentos mediante algoritmos matemáticos, inteligentes y eficaces, es decir máquinas capaces de procesar el lenguaje natural del ser humano y transformar largas listas de números inconexos, en información útil para tomar decisiones que nos acaban afectando antes o después.

En definitiva, un entramado de tecnología que nos hace sentir indefensos como personas cada vez más y mejor controladas, al tiempo que cada día menos y peor protegidas.

Entiendo que las leyes que tenemos no protegen absolutamente nada, ni los reglamentos que están por venir, van a proteger a nadie. Son tan sólo las consecuencias de decisiones políticas que van a velocidad de crucero tras el Lamborghini que son los nuevos sistemas de información.

Como afirmaba el ex director general de Google, Erich Schmidt, estamos creando cada dos días tanta información, como la que fuimos capaces de generar por toda la humanidad hasta el año 2003. Los datos emanan de un sinfín de fuentes, como son los teléfonos móviles, sistemas de posicionamiento global, redes sociales, así como del internet de las cosas (coches, electrodomésticos, smartwatches, etcétera). Y en esta coyuntura, tal y como califica el periódico The Economist, los datos se han convertido en el petróleo del siglo XXI.

Esta es una realidad de la que no vamos a escapar, porque el camino hacia convertir nuestra actividad profesional en rentable, nunca se va a alejar del acierto en la toma de decisiones, sin embargo ahora, el acierto no va a estar ligado al olfato, a la intuición, o a la experiencia del empresario de turno, sino a una eficaz utilización de los datos que a través de la automatización de los procesos, sean capaces de obtener las empresas, para a partir de ellos optar por las decisiones que minimicen el riesgo y maximicen las oportunidades de éxito.

La automatización como factor clave en el proceso decisorio, para muchos está suponiendo una amenaza a la variable humana que debiera estar siempre presente en todo lo que supone relaciones entre personas que intercambian bienes o servicios. Entiendo que no debemos preocuparnos, sino alegrarnos de que la tecnología haya venido para quedarse a ayudarnos. Debemos estar tranquilos y apelar a las palabras del genial Pablo Ruiz Picasso que afirmó que “los ordenadores son inútiles, solo pueden darte respuestas” ya que en la mayoría de las ocasiones no se trata de dar respuestas, sino de hacerse las preguntas adecuadas y es aquí donde serán siempre necesarias las personas.

Eso sí, personas protegidas por favor.