La aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, para el conjunto de los españoles, es un mal trago que sabe a vinagre, ajo picoso, y de otras hierbas dañinas, un buen brazado. Ciertos políticos cambian su voto para el visto bueno de los Presupuestos por una moto de última generación, ese cacharro con dos ruedas, al que pulsas un botón y corre como el viento como lo hace este por la calle Campanas de Jaén. Chantajear es un verbo demasiado corriente en estos tiempos alocados, en los que la política embrollada y experta en poner la zancadilla rompe tibias a los que ganan las elecciones. La pésima política está por encima de los intereses de un Estado que aspira a repartir, a partes iguales, los beneficios aportados por el conjunto de la ciudadanía, gracias a los impuestos que se pagan sin rechistar, porque si rechistas, puede que los pagues dobles, y no está el monedero para inútiles derroches. Por otra parte, los chantajistas de turno son insolidarios y miopes, pues sus respectivas presbicias no les permiten ver más allá de sus ombligos, esos pozos ciegos de la anatomía central del cuerpo humano.