Por mucho agnosticismo que uno profese, nada ni nadie puede desprenderse de ese hálito semanasantero que todo lo inunda, en esta ciudad. Y no lo digo en sentido peyorativo. Solo me limito a constatar ese escenario de olores, colores, cofrades devotos y menos devotos, llantos explícitos por la inoportunidad de la lluvia, imprecaciones amorosas a las imágenes, a las que los costaleros mecen para exaltación de miles de ciudadanos, todo ello pone de manifiesto un caudal de sentimientos colectivos, absolutamente heterogéneos, que participan de elementos ecléticos que no es este el momento de analizar. Pero ninguna objeción cabe argüir a esa explosión de fervores que se generan en quienes los experimentan; resultan siempre positivos los sentimientos de contrición, aunque sólo sean momentáneos, las suplicas de la especie que sean, incluso las lágrimas por no poderse exteriorizar ese perdón colectivo que cada creyente, desde su mismidad manifiesta. Todos tienen derecho a ser felices, en la manera que crean oportuno. Menos positivos me parecen los silencios de los denominados fieles sobre la estricta liturgia que en estos días se conmemora y que merece una exigua asistencia de aquéllos. Y, como puede suponerse, dadas mis convicciones agnósticas, no pretendo subirme a un púlpito a reconvenir a los fieles por su inasistencia a una u otra liturgia. Dios me libre. Lo que si pretendo es subrayar el valor emocional, artístico, dramático de la verdadera liturgia de la semana de pasión, que concita incluso el interés artístico de quienes poco o nada creemos. Reconozco que me estremeció, en su día, la lectura del oficio de tinieblas del Viernes Santo, precedido del “mandatum novum do vobis”, del Jueves Santo, esa llamada al amor incondicional de los humanos, que originó la máxima agustiniana “ama y haz lo que quieras”. Y el “exultat” del sábado de gloria, en la que se constata la Resurrección, las tres secuencias que junto al nacimiento de Jesús condensan el misterio salvífico. Esa emoción que para un creyente va más allá de lo artístico o literariamente valioso, no debe significar objeción alguna al populismo procesional, pero resultaría deseable que se tendiera a una profundización del misterio, aun con menoscabo de tanto barroquismo y cofrades mayores cuellierguidos, de manera que además de ejercitarse en el culto, se ilustraran con la lectura de algunas de las más hermosas páginas de la Biblia. Y perdón por el consejo.