Ha tenido que suceder, como siempre, una desgraciada concatenación de adversas circunstancias para que nos enfrentemos, con muertos de por medio, al fracaso de nuestras aventuras constructivas. Los tirantes de hormigón se han colapasado en Génova y han hecho que los “pantalones” del progreso se desplomen dejando al aire nuestras vergüenzas en mitad del desastre. Una superestructura de apenas sesenta años no debería haberse hundido de este modo. ¿Dónde ha quedado el orgullo de la investigación de los nuevos materiales, su estudio, su comprobación exhaustiva? Si echamos una mirada al paisaje y nos topamos con un puente romano de más de dos mil años de antigüedad y prácticamente en perfecto estado nuestras neuronas pueden alborotarse. No es posible, nos advertirían, que un viaducto de los años cincuenta caiga así como así. Claro que, puestos a investigar, resulta que nuestras maravillas técnicas solo auguran una vida útil a esas estructuras de alrededor de cien años dejando a la divina providencia y a los miles de millones invertidos en su mantenimiento el hecho de que sobrevivan algún tiempo más. ¿No habremos caído —nunca mejor dicho— en una arquitectura de postureo, de edificar más raro, más alto, más llamativo, más extraño y sin tener todos los cabos atados y bien atados? Tras la catástrofe genovesa, los medios se han lanzado a identificar obras similares para exponerlas ante la opinión pública que, posiblemente hasta ahora, las había considerado excelentes hitos del progreso. En el País Vasco, Galicia, Andalucía o Cataluña tenemos superestructuras semejantes. Uno de ellos, el de la Constitución de 1812 de Cádiz, cuenta con atención las veinticuatro horas al día durante todo el año para controlar los posibles fallos. El puente de Rekalde, en Bilbao, roza prácticamente viviendas así como el de Martorell. Una construcción que, una vez finalizada, necesita continua vigilancia y reparación no parece que sea para sentirse orgullosos. ¿Qué criterios seguimos para seguir construyendo estos supermonstruos? Drones, patrullas, cámaras, todo es poco para mantener la ilusión de que el progreso nos lleva más y más lejos, más y más alto. La pauta no parece ser la seguridad sino la esbeltez, no la firmeza sino el diseño. Y todo ello entre voces que avisan de que estas estructuras son vulnerables aunque no siempre se toman las medidas adecuadas para mantenerlas de la mejor manera posible. La de Génova ha sido la crónica de un desastre anunciado. Los tirantes de Morandi no han podido sostener el “pantalón” de la vida funcional del viaducto. Por favor, llamemos a nuestros mejores sastres para que los nuestros permanezcan en el estado que merece nuestra seguridad y nuestra vida.