Gracias, Paco, por traerme a esta tribuna de la “Peña Flamenca” de Jaén, de la mano de Rafael Valera, ante su cabal auditorio, para presentarte la segunda edición de tus Panquilerías. Hace ya muchos años, 1991, si me permiten el revival, presentaba con Ramón Porras en esta misma sala Apoyada en el silencio, de Sérvula Palacios, madre de los hermanos Olivares. Vine yo a glosar aquellos poemas de Sérvula con esa copla de don Antonio Machado que asegura que Canto y cuento es la poesía / se canta una viva historia / contando su melodía. Ahora, cuando todos estamos ya cansados de literatura y de literatos, del cafard de la letra impresa, y cada día nos gusta más la aventura de lo oral, de sus misterios, tantas veces hermanos de la poesía y sus silencios, es buen momento para escuchar estas Panquilerías. Su autor las compiló viviendo justo enfrente del Callejón del Gato, en ese punto del que equidistan las fuentes de San Bartolomé y el raudal de la Magdalena, allí donde aún se oye hablar a la gente sin demasiada bulla. Sí: al abrigo de las cepas más humanas de su vida elegida, las piezas que reúne este volumen, en su mayoría inéditas hasta su primera edición, cuentan con un denominador común: la seriedad de su humor —jamás, así, condimento chistoso del estilo, sino, por el contrario, razón radical del absurdo que articula este tiempo de apariencias cuya degradación moral aprehende Paco Salas en su escritura mordaz, corrosiva y un no sé qué quijotesca—. Y aparentemente informe porque genera formas vivas que a su vez dan lugar a textos disformes donde habita siempre la presencia misteriosa de gente viviendo. La vida en común favorece la manifestación de la poesía, la que no se reviste de retórica, la que irrumpe sin ser convocada al efecto. Prosa, así, expuesta y republicana la de Salas: contra la belleza estéril que aliena, la impostada, y a favor siempre, por el contrario, de la belleza sencilla de la vida vivida desde el diálogo platónico, donde el desorden político se escruta desde la verdad memorizada y la rebeldía alcanza cotas existenciales, quiero decir: apenas homologadas por el statu quo hegemónico. Entretenida la prosa de Paco Salas, quien, ojo, como Lorca, no viene jamás a entretener, sino a coger y a pillarnos durante su lectura. Espejo hecho añicos donde nuestra conciencia podría recobrar su imaginario político perdido, la iconoclasia de estas Panquilerías atrapa la decadencia reaccionaria que actualmente padecemos.

Presten atención a la oralidad de la escritura de Salas, por favor: escritas de oído, que el primitivismo castizo de estas Panquilerías venga de vuelta de su culturalismo sin fronteras explica que su dentadura romántica nunca esconda su mella realista más ibérica. Oralidad iconoclasta con lo cursí, lo fané y el kitsch, se nutren estas prosas de un sarcasmo tan grotesto que a la hora de los balances, de los arqueos propios de las vísperas de Semana Santa, cuando a todos nos han de salir las cuentas como sea, nos devuelven a la poesía de la vida de nuevo, esto es: al canto y al cuento machadianos, o mejor a la reflexión de don Emilio Lledó, aristotélico y platónico, sintético y analógico, hablando estos días de la phoné semantiké, esto es: de ese nuevo sentido que adquiere el aire con significado que es la palabra cuando se oye a lo largo y ancho de un diálogo donde todos escuchan. Aunque hoy no quiera ponerme profesoral, orteguiano ni espeso, me gustaría pensar con ustedes, al hilo de este particular, el papel que empieza a jugar a día de hoy la generación a la que pertenece el encausado: la que de quienes se hicieron mayores cuando la Transición del 78, la misma generación que ahora, de nuevo, en pleno vendaval de sus vidas, toma la palabra para dar su joven lectura oral de este tiempo de desahucios, para decir de su historia, la de entonces y ahora, en esta España nuestra que ha de regenerarse tranquilamente hablando. Igual que Jaén, con sus artistas más solos que nunca —aun con la sala llena, como Juan del Arco, hoy, ay, también en el Museo—, ciudad que asimismo cantara y contara Blas de Otero en esos versos tan hernandianos que no cesan de preguntarnos: En Jaén / tres pesetas doce horas / acumbrando las olivas / para quién. No: ya nada podrá ser como antes si la generación viva de los abuelos vuelve a adueñarse de las palabras. Acaso jamás podamos llegar a nada más, pero tampoco a menos, cuidado. Como este Paco, viejo lagarto tan de todos aunque de nadie, indio fuera de la reserva, inventor del fútbol-salas, melómano, vieja gloria del tenis, pijandrón de izquierdas, viajero, personaje de novelas de Felipe Alcaraz, abuelito feliz, amante bandido, padrazo a todas horas, hiervesangres de los neocostumbristas que se pusieron también la venda de los muertos, periodista sin título, carné ni falta que le im-porta, jiennense de Quesada pero jaenero de contrabando, con pasaporte apátrida y esquina propia en las tabernas donde todavía se fuma con autorización del dueño.

Antes de acabar, una llamada de atención sobre la ilustración de la cubierta del libro, del maestro José Rodríguez Gabucio. Su Lagarto de la Magdalena y el Pajarillo —sí, fíjense bien, por favor, y el pajarillo— conforma una visión neta, que no otra imagen de mero acompañamiento, que viene a destacar, según creo, el cante que se echa Francisco Salas Herrera por lo bajini, a pelo, conjugando épica, lírica y dramática —quiero decir dialogo— y paseándose el viejo eje que une el raudal de la Magdalena y la Plaza de Santa María, apostado a ratos en esta calle Maestra, cuya vieja solería aún recuerda la que tuvo aquel salón de baile ajardinado con pilones que ahora se hincha y se deshincha, como la barriga de un lagarto que saliese de la fosa del sueño y cazara grajas y palomos, literatos de chichinabo y cantamañanas henchidos. Sí: Mateo Madridejos, prologuista de la recopilación, ha festejado el compás palpitante de la prosa de Paco Salas, “más cuidada de lo que aparenta, coloquial sin exceso, en la que caben en el mismo texto las variantes salaces del español de Andalucía, la sobriedad enrevesada del gran Quevedo, el realismo de Baroja y el neorrealismo de Cela”. Y donde impugna, cosmopolita con toma de tierra local incorporada, lo cutre más nuestro desde su paleta cercana a las de Solana, Rivas Cherif o Eugenio Noel, si me permiten citar a estos otros maestros flamencos que epataron para vivir de modo singular, o mejor: para no morir del todo jamás mientras vivían.