El grado de progreso en una sociedad avanzada como la nuestra y la de nuestro entorno, entre otros criterios, debería de calificarse, en razón de las atenciones que nos merecen nuestros mayores. A la longevidad, en parte también en Occidente, se le viene atribuyendo una interpretación errónea de los conceptos de utilidad e inutilidad, incluso entre aquellos mayoritarios que profesan o están socialmente imbuidos por la fe cristiana. Ignoran que, para estas confesiones, y para quienes las profesan Dios es el ser inútil por excelencia, es decir, aquel que no sirve para nada que no sea él mismo. El comportamiento humano que se denomina “pecado” consiste, esencialmente, en hacer de Dios, no un fin sino un medio para la consecución de bienes o satisfacciones espurias o incluso legítimas. Pero, valoraciones religiosas o morales aparte, cualquier sociedad moderna que se precie de tal, debe de perseguir el bienestar e incluso progreso de la ancianidad, liberada del mercado de trabajo. Por fortuna, ello es moderadamente así, y queda lejos la memoria de aquellos nacionalismos genocidas que, en la propia Europa surgieron, a mediados del siglo pasado para los que la senectud que no fuese aria, estaba destinada a la extinción. Aunque parezca paradójico, yo reclamo, en el universo de los mayores, la fusión de los dos conceptos: la utilidad de lo supuestamente inútil. Y subyace en esta reflexión cierta dosis de autodefensa para quienes quieran compartirla. No solo por el aserto terrible de la filosofía de entreguerras (“el hombre es un ser para la muerte”), sino porque, a nadie se le oculta que, en nuestros mayores, viene reflejado el principio de un inexorable fin, común a todos los humanos. La circunstancia de que se les provea de los medios materiales y culturales necesarios para su subsistencia es el certificado de una seguridad para las generaciones que vendrán. Y no solo eso. Cuenta también el que se perciba que la longevidad puede ser creativa, si la incentivamos; puede estar henchida de emociones, asombradas por la energía de un nuevo amor que sorpresivamente aparece, esto es, puede estar viva, rabiosamente viva. En este sentido, me parece encomiable toda iniciativa de la Administración que estimule la cultura, alimente la creatividad y propicie la segunda, quinta o séptima oportunidad para el desarrollo integral de los mayores. Así ocurre, entre otras varias iniciativas, con la convocatoria de los concursos literarios que la Delegación Provincial de la Consejería de Igualdad, Salud y Políticas Sociales de Jaén realiza desde hace varios años, sobre relatos y poemas. Hay que leerlos, como yo tuve ocasión de hacerlo, para entender que, por encima de criterios literarios más o menos afinados, ahí yace la vida, la rememoración de episodios amorosos conectados a esta última o penúltima realidad, percibida con una intensidad tan verdadera como tiernas y vivas eran las que se evocan. Ahí se encuentra lo inútil y útil de la existencia de nuestros mayores: la vida.