Pensamos o nos piensan? Según nos contó Tolstoi en “Ana Karenina” todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera. Las familias felices, especie en extinción, tenían cierta tradición y un impulso que las llevaba a realizar con inercia su tarea de apoyo, de ayuda mutua, de socorro, de cuidados, de asistencia y, llegado el momento, hasta de entierro, entre otros muchos menesteres. Además de detalles como el respeto, el amor, el cariño, la amistad, la lealtad, la igualdad en la riqueza o la pobreza, la solidaridad con los ajenos. Parece increíble, pero los padres criaban a sus hijos y los hijos terminaban enterrando a sus padres después de ayudarlos a morir. Excepto en las situaciones tan dramáticas como las guerras. Ahora hemos normalizado situaciones como las de humillar a los viejos convenciéndoles de que su situación se llama tercera edad o de que deben aceptar verse encerrados en esos asilos que llamamos eufemísticamente residencias. Se les abandona a vivir y morir en soledad comiendo hasta sus últimos días de esa cantidad de pienso formado por la comida y bebida que llaman catering. Hemos pasado de la leche o del vino a la cocacola, del potaje a la hamburguesa en un pis pas y al pairo y aquí, paz, y después, gloria. En este país hace ya tiempo que renunciamos a nuestros hábitos domésticos y a estas estructuras familiares. Lo más triste es que no se han suplido por ningún otro modelo; es la historia de la aculturización y de la ingeniería social.

Aunque ya se estudiara científicamente y se ensayara antes de la Segunda Guerra Mundial, lo cierto es que a partir de los años setenta surge claramente el concepto de que las sociedades son fácilmente manejables y se deben manejar por el bien de la población; sí, como en el despotismo ilustrado, por su propio bien hay que controlarlas. Y esas sociedades son más manejables cuanto más están separados sus individuos, de ahí la necesidad de crear núcleos de división desde los partidos políticos, los estilos de vida, los equipos de fútbol, y ese gran etcétera que va contraponiendo unos intereses sobre otros como en las capas de una cebolla, capa a capa se sobreponen intereses ajenos a cada uno de nosotros. Pero todavía queda un núcleo fundamental, la familia, espacio de libertad, con su propia cultura, sus propias tradiciones. Allí donde las convicciones, valores e ideas pueden suponer un problema para modelar la sociedad. La atomización es fundamental, necesaria, el núcleo de crítica social son esos grupos de varias personas de una misma familia con sus propios valores que se sientan juntos en torno de una mesa y discuten y crecen y en un momento dado surgen ideas y se oponen a esa corriente que trata de arrastrarlos. No hablo de un clan ni de ningún tipo de familia en particular, hablo de intercambio de ideas, de apartarse del grupo, de oponerse a la mayoría. Puede ser muy guay, muy cool o estar muy de moda ser un hombre solitario o una mujer solitaria, que muchas veces convive con uno o varios niños, o con una mascota que suele ser mucho más fácil de manipular; la atomización social es absoluta. Esas personas a las que les han vendido un modelo, un estilo de vida, por supuesto jamás se hablaría de clases sociales, una idea de que supuestamente hacen, en apariencia, lo que les da la gana, y que en el fondo, quizás, son muy desgraciadas. Personas que reciben un ajustado sueldo y a las que les han vendido unos modelos, unos estilos de vida que no pasan de ser una fantasía. Y todo esto a pesar de las referencias que se les regalan para hacerles sentir bien tanto en la redes sociales como en la televisión o cualquier otro medio.

Otra parte importante de la ingeniería social se basa en el miedo, ese sentimiento que permite que los enemigos de las élites se rindan sin combatir, además de las dependencias, modas, etc. Miedo a cualquier cosa y educación permanente a través de los medios, internet, WhatsApp,... Educastración en esa formación permanente. Hemos perdido la guerra psicológica y ya estamos metidos en la dictadura sin lágrimas.