La transparencia no es una palabra nueva inventada por los políticos, obligados por los ciudadanos que, cada día, despertamos con un nuevo y doloroso sobresalto de detestables conductas. La transparencia es un valor de la conducta humana que permite que los demás entiendan claramente el mensaje que se transmite y que éste exprese realmente lo que sentimos. Alguna vez he hablado de lo negativo como la soberbia, hoy prefiero hacerlo en positivo, así para llegar a ser transparente hay que ser sencillo y practicar otras virtudes como la veracidad, la sinceridad, la coherencia, la lealtad, la fidelidad y otras que definitivamente se echan mucho de menos. ¿Tan difícil es que en esta ciudad se fomenten y practiquen estas virtudes, estos valores humanos? Y me refiero, a los políticos, porque, me consta los ciudadanos de Jaén sí lo hacen. Lamentablemente, en determinados círculos influyentes o de gobierno, parece entenderse que los administrados no somos de fiar y es preferible ir a la política de hechos consumados antes que valorar lo importante de una sociedad democrática, como son los procesos participativos de diálogo y debate con los que seguro ganaríamos todos y sobre todo nuestra ciudad.