Nadie puede negar que la política española lleva un tiempo de renovación a muchos niveles, desde la creación de discursos muy elaborados en torno a las políticas sociales y económicas, hasta el lavado de cara con respecto a la corrupción. De todo ello destaca la puesta en las cabezas de lista a gente muy joven: Garzón, Iglesias, Rufián en la izquierda, Sánchez en su centro sociológico, y Casado y Rivera a la derecha. La política deja de ser así un asunto de gente muy seria y con mucho sentido del Estado, lejana y distante. Ahora bien, esto no significa que se den también ciertas situaciones que son de libro de estilo, la operación biquini se la han tomado algunos a rajatabla y especialmente Sánchez, que lejos de mostrarnos unas vacaciones en familia, o corriendo por ahí, en su defecto andando con una marcialidad propia a lo Rajoy, nos muestra sin rubor un cuerpo esculpido en horas de gimnasio, mientras se pasea con unas gafas de sol de aviador de los ochenta, por los festivales juveniles de la costa mediterránea. No me parece mal, lo que me parece extraño es que creamos que esto no es una forma de hacer política que tiene que ver con una cosa que a mí me gusta poco: lo banal de hacer del verano un lugar para la espectáculo.