Casi todos los pueblos de Jaén, y son una centenar, se echan al monte, en el mejor de los conceptos, para llevarle los mejores cantos y las más tiernas flores a sus cristos y vírgenes, en los que tienen depositados su fe y la esperanza de ser protegidos por su gracia, amor y generosidad; algo que ha ocurrido durante siglos, más lo que vendrán de nuevo.

El romero, cuya etimología procede del peregrino que iba a Roma —la sede permanente de la espiritualidad universal—, también es esa planta aromosa que aterciopela de verde los pardos caminos de esta extensa, diversa y romera provincia de Jaén. Tan antigua resulta esta práctica romera que se vive en todos los rincones de nuestra hermosa tierra, que el insigne escritor Miguel de Cervantes Saavedra la acoge y la admira a través de su célebre novela caballeresca de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha”.

Pienso, luego razono, que ir de romería es como postrarse hinojos ante lo excelso trascendente, en paralelo con la poética admirable de nuestro San Juan de la Cruz, aquel santo andariego abulense que tanto conocía los caminos espirituales y, por tanto, romeros de Jaén.