El contexto histórico de 1978 no es el mismo de ahora. La sociedad de ese momento no es la de hoy. Los retos y necesidades de los españoles son bien distintos a los de entonces. Los que en 1978 teníamos 15 años ahora tenemos 54. Es evidente que la Constitución nos ha servido para darnos una norma que ha regulado nuestras vidas y eso debe hacer con las generaciones que vienen. Y parece obvio que lo que a nosotros nos ha servido para nuestro desarrollo y lograr el mayor periodo de paz nunca vivido en nuestra historia no puede ser eternamente válido. Debe ser una reforma sin alharacas, sin dramas pero que corrija los fallos que pudo tener entonces aquella Constitución y que integre las demandas de los ciudadanos de hoy y del mañana. La vida fluye, los ciudadanos cambiamos y no puede ser que dependamos de una norma hierática e inmutable. La democracia está asentada, por fortuna, en España pero han surgido nuevos usos, demandas y realidades que hay que afrontar. El asunto más evidente es el título octavo y cómo se articula territorialmente nuestro país. Si queremos centralización, federalismo o confederación se puede debatir desde un escenario de mayor tranquilidad que el que vivíamos los españoles en 1978, tres años sólo después de la muerte de Franco y con tambores golpistas frecuentes.