Queda lejos el lugar de origen cuando se mira con la mirada de un migrante o un refugiado. Olvidamos que todas las personas formamos parte de cada huida por la propia ley de supervivencia. Esa ley que traspasa fronteras y no lleva la carga del peso de la opinión ajena. Cuando los refugiados son mencionados, en esta mención existen connotaciones muy negativas y, sin embargo, al hacerlo, se olvida que muchos españoles tuvieron que huir a Francia, México, Argentina, entre otros países, durante la Guerra Civil Española, por motivos políticos, ideológicos, entre otros y, aunque muchos regresaron, otros se integraron perfectamente en los países que al final les dieron ese refugio. Refugio, hogar, lugar donde permanecer a salvo. Pero no, somos tan inútilmente egoístas que, si fuéramos más realistas, no cerraríamos nuestras fronteras del corazón por ignorancia o apego al ombligo. Y es que somos ombligos que vemos nuestro mundo a través de ese ojo central. Un ojo ciego de humanidad. Refugio, asilo, protección, lugar para refugiarse del lugar del que se huye. Triste es que el refugio o lugar para quedarse no pueda protegernos de la sociedad. Aquella que juzga, que es racista, que es egoísta, y que, no obstante, es vulnerable.