Estos días me sorprendía una imagen de un famoso humorista del que prefiero reservarme el nombre. La fotografía dividida en dos mostraba en el lado derecho al personaje en cuestión sujetando un rifle y a sus pies un ejemplar de leopardo asesinado por él, claro está, se muestra sacando pecho, como si su hazaña fuera motivo de orgullo. Al otro lado, el mismo personaje frente a las imágenes titulares de una cofradía, orgulloso de la misma forma tras saberse elegido para pregonar la Semana Santa del lugar. Me surgen una infinidad de preguntas, a la vez que el asco me va tiñendo el humor hasta provocarme una enorme desazón. Desde el profundo respeto que siento por las costumbres de mi tierra como la Semana Santa, de la que me declaro admiradora, me pregunto si esto será ejemplo de la insoportable dualidad del ser humano capaz de proteger y destruir. Si es posible que alguien que clama piedad, salud y amor a su Dios representado en una imagen de madera inerte sea capaz de apuntar con un arma a un animal vivo e indefenso y acabar con su vida por simple placer. Llego a la conclusión de que deberíamos encender menos velas y respetar más la vida, así, como base de la fe.