Llegados los primeros días de enero, y tras una nueva y exitosa edición de la jaenera noche de San Antón con sus tradicionales lumbres y carrera urbana, es el momento de poner fin a las fiestas navideñas, tal y como reza el refrán. Lo típico sería pedir deseos al 2018, pero como, por mucho que los pida, muchos de ellos no se cumplen, voy a probar a decir lo que no quiero para el nuevo año, y con eso me conformaré: no quiero enfermedades, no quiero tristezas, penas ni desengaños. No quiero descensos a los equipos de fútbol de nuestra provincia. No quiero que siga nuestra tierra perdiendo población ni quiero que sigamos tirándonos a la calle para reivindicar lo que los políticos no son capaces de conseguir para nosotros. No quiero ilusionarme ni conformarme con un simple Museo de arte Íbero que debería haber estado finalizado hace muchos años y que, por ahora, tiene más huecos que la dentadura de un abuelo. No quiero que dividan España por opiniones diferentes. No quiero que la sanidad y la educación sigan sufriendo recortes. No quiero acostumbrarme a que a oír una muerte más por violencia machista como si fuera algo normal. Parece mucho no pedir para sólo 365 días.