De las verdades a medias, las noticias sesgadas o los vasos medio llenos o medio vacíos según convenga al interés del medio en el que se publiquen o se vean hemos pasado, en un más que preocupante desenfreno, a la explosión, sobre todos en redes sociales, de fake news (falsas noticias). En esos incontrolados medios el más tonto de los humanos se fabrica un perfil falso o le pone nombre genérico a un blog desde el que puede lanzarse a la difusión de bulos que de inmediato producen un efecto cascada que se reflejan en diatribas acaloradas que dan paso a insultos y odios enconados. Baste un ejemplo. Franco y la posible exhumación de sus restos. A rebufo de la noticia aparece la guerra civil, las cunetas, Paracuellos, la sanguinaria represión. Cada cual con su versión, su número de atrocidades, sus estadisticas de quien fue malo y quién peor. Ya de paso aparece la Iglesia y sus desvíos, la monarquía y sus vicios y de camino tendrá sitio Sánchez y su precario gobierno o el problema catalán. Llegados al paroxismo el léxico alcanza cotas de traca. De hijoputa, cabrón y asesino para arriba. Alarmados los gobernantes por esta escalada de pseudoperiodismo ahora pretenden ponerle freno. Hagánlo pronto antes de que lleguemos a pensar que detrás de todo ello hay un diseñado interés del que alguien obtendrá beneficio.