Con tanta lluvia y viento de estos días, alertas amarillas y cuando no, naranjas, las imprevistas compras de botas de agua y paraguas porque los que hemos tenido durante todo el invierno no aguantaron el último envite, los curiosos nombres que se les da a las incesantes borrascas que insisten en visitarnos semana tras semana y que nosotros nos empeñamos en memorizar y las necesarias consultas diarias a las webs de meteorología, a través de nuestros móviles o aparatos informáticos, no nos permiten estar concienciados de que la Semana Santa ha llegado. Pero conscientes o no, aquí está, un año más, aunque el tiempo no acompaña ni invita a centrarse en los preparativos propios de nuestra Semana Grande. A pesar de ello, las cofradías no se duermen en los laureles y andan desempolvando y engalanando sus pasos y ropajes. Los triduos y besapiés dan paso a las retiradas de túnicas y cera. Quienes adoramos toda la parafernalia que conlleva esa semana, andamos ya programando todas y cada una de las tardes para compaginarlas con las procesiones de turno. Si San Pedro y las borrascas lo permiten, claro. En la cabeza aún tenemos el recuerdo de otros años en los que el mal tiempo ha impedido disfrutar de los actos procesionales y ha dejado encerrados en sus iglesias los tronos engalanados para otro año, con el consiguiente mal rato y llantera de quienes habían puesto su ilusión en salir acompañando a su Cristo o a su Virgen. Nunca con mayor razón dice el refranero español que No llueve a gusto de todos. Nuestra hostelería tiembla al oír hablar de agua en esos días, y es que, es una gozada, cuando el tiempo lo permite, ver el nivel de consumo al que accede nuestra ciudad en esta época. Bares y cafeterías rebosantes de clientela. La hostelería y el comercio se convierten en un lleno absoluto. Por su parte, sin embargo, nuestra gente del campo anda entusiasmada estas semanas por la bendita agua que llena pantanos y aporta reservas a los olivos. Como ellos mismos dicen, esta lluvia son billetes.