En estos días de verano proliferan las fotos por Facebook, Instagram, Twitter y otras redes sociales. En esas instantáneas vemos a gente feliz que devora platos suculentos; recorre España y gran parte del extranjero; toma bebidas exóticas; asiste a espectáculos o hace un posado en la playa. ¿Quién no ha sucumbido a la imperiosa necesidad de fotografiar sus piernas con el mar de fondo? Es una de las imágenes más repetidas: muslos y dedos de los pies invaden la red en estos días. Vivimos para mostrarnos, si no tiene reflejo en internet, nuestra vida deja de tener sentido. Hace unas semanas, en Baeza, en el concierto del gran Serrat; comprobé hasta qué punto esa extensión de nosotros, que son los teléfonos móviles, nos ha dominado. Mientras el cantautor nos deleitaba con su Mediterráneo, cientos de luces se encendían entre el público. No eran mecheros ni bengalas, eran esas máquinas del demonio que se afanaban en inmortalizar el instante. Se lo comenté a mis hijos, me miraron con cierto aire de superioridad y me dijeron los dos a la vez: eso es para compartirlo, vamos, para el ”postureo”, mamá, que no te enteras. ¡Y yo sin batería!