Como el lunes a la semana y marzo para los meses, el verano es la estación más cruel del año. Aún poseo algo del asombro infantil ante la caducidad de las vacaciones y, por eso, soy de los que ven llegar septiembre con terror. Pero esta vez lo tengo todo planeado. Y no crean que este convencimiento se ha producido por generación espontánea: para llegar al plan maestro, he tenido que reencontrarme con el abate Faria, ilustre prisionero número 27 del castillo de If. He pasado unos cuantos días con el corazón tendido al sol y dibujando en la arena de la playa complejas elipses que preparan los túneles de la fuga perfecta. Privado de grandes viajes este año, he hallado la esencia del verano en la lectura. El placer de aquel en que leí “El señor de los anillos”, ese prodigio filológico; el de “Los hermanos Karamazov”; el del primer (y fallido) abordaje de “En busca del tiempo perdido”; el que pasé en compañía de Bolaño y sus “Detectives salvajes” y “2066”; aquel, tal vez el más lejano de todos, en el que luché codo con codo con Aquiles y naufragué junto a Odiseo. Y así todos los que mi memoria abarca, hasta llegar a este, que es el de “El conde de Montecristo”. ¿Cuál es el plan para escapar, pregunta usted? Empiece a leer de nuevo y lo encontrará sin mi ayuda.